BOB DYLAN Y LA ROLLING THUNDER REVUE. ¿LA MEJOR GIRA DE LA HISTORIA?
Esta historia sucede en un tiempo no muy lejano. Una época donde los grandes grupos comenzaban a ser realmente enormes y buena parte de la experiencia en directo evolucionaba hacia algo tan multitudinario como recargado y predecible. Un momento, sin embargo, en el que hubo quienes optaron por obviar estas nuevas normas y hacer de la música toda una declaración de principios, un rito de inmediatez transfigurado en una caravana itinerante con un elenco tan dispar como brillante. Hablamos de la Rolling Thunder Revue.
No mucho antes de esto, en 1966, un accidente de tráfico deja a Bob Dylan postrado sobre el asfalto de Striebel Road, en las proximidades de Woodstock. Su Triumph T1000 queda reducida a un testimonial pedazo de chatarra y el famoso cantautor se ve abordado por un largo periodo de letargo y rehabilitación. Entonces, según cuentan, le cambió el carácter hacia un modelo un tanto más tosco y huraño. Sea como sea, Dylan no volvió a realizar una gira hasta 1974, cuando tras publicar Planet waves decidió retomar la actividad escénica con una serie de veintiún recitales donde se alternaban, bajo diferentes formatos, canciones propias y de The Band, grupo que lo acompañó durante este periplo.

Cómo hacer una gira diferente
Un año después, ya en 1975, Dylan había presentado Blood on the tracks y se encontraba preparando lo que sería otro de sus mayores hitos comerciales, Desire. Pero parece que el gusanillo del directo todavía le rondaba el espíritu. La experiencia de 1974 había sido plenamente satisfactoria, tanto por la recepción del público como por el original formato de actuaciones compartidas, y el músico tal vez se sentía víctima de una especie de fuerza centrífuga que lo empujaba a pensar de nuevo en la carretera. Estamos a mediados de la década de los setenta. Por aquel entonces, una buena cantera de grupos de proyección internacional llevaba años abarrotando escenarios multitudinarios dando lugar, poco a poco, a un modelo de giras excesivas con una importante presencia de luces, artificios y colores. Hablamos de gente a la altura de The Rolling Stones o Led Zeppelin, los grandes de aquellos tiempos. Y aunque su música no estaba dotada con misma la intensidad que proyectaban esos grupos, Bob Dylan bien podía jugar en esa liga.
Sin embargo, su idea de una gira ideal no compartía el mismo rango de frecuencia; en su cabeza, todo se movía en torno al concepto de sorprender con una vuelta a lo íntimo, de rechazar la pirotecnia o los grandes pabellones y centrarse en lo más terrenal, en la esencia básica que se trasluce de un tropel de músicos de primer nivel recorriendo al unísono las carreteras del país de una manera, si no improvisada, sí al menos libre de sólidas ataduras. Los escenarios escogidos serían así de tamaño reducido, pero los conciertos que ahí se escenificarían estarían cargados con todos los elementos de una auténtica experiencia en vivo, aunque desnudos de artificios y trucos escenográficos. Del mismo modo, la caravana ambulante de Dylan y compañía visitaría algunos pueblos y ciudades por los que no era muy frecuente encontrar músicos de tanto renombre internacional. El propósito era, en definitiva, provocar una vivencia tan auténtica como familiar; acercar al pueblo la sustancia básica y desnuda de un espectáculo de masas.

Todo se presentó bajo un formato heredero de aquellos espectáculos ambulantes de antaño. Como los comediantes, actores y vendedores de tónicos milagrosos que recorrían los emergentes asentamientos del salvaje Oeste tratando de arrebatar algunos dólares a sus habitantes. Así, pero con un formato adaptado a los tiempos y bajo la premisa de que, allá donde fuesen, no iban a ser mal recibidos.
Buscar un nombre, montar una banda
Se dice que el nombre de esta gira surge como referencia a una operación de bombardeo que el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo en Vietnam. También he podido leer que se trata de un homenaje a la figura del chamán cherokee Rolling Thunder, un hombre de fe que vivió hasta bien entrada la década de los noventa del siglo XX. Lo cierto, sin embargo, es que el mismo Bob Dylan llegó a afirmar que la inspiración le asaltó tras escuchar una sucesión de truenos desde el porche de su casa durante una noche de tormenta. Pero, ya se sabe, a este señor no siempre se le puede tomar en serio todo lo que dice en sus escuetas declaraciones.
Sea como sea, el primer paso era formar una banda, y de esa tarea se encargó en parte el músico de folk Bob Neuwirth. El resultado final fue un plantel realmente heterodoxo de intérpretes que abarcaban estilos e influencias tan dispares que permitían dar cabida tanto a solos de guitarra eléctrica de inspiración glam como a sonidos propios del country e incluso secciones de cuerda. Este grupo adoptó para sí el nombre Guam y estuvo formado por gente como Roger McGuinn, cofundador de The Byrds, el músico folk Ramblin’ Jack Elliott, la actriz y cantante Ronee Blakley, la violinista Scarlet Rivera, un joven T-Bone Burnett, Mick Ronson, guitarrista de la banda de David Bowie, el multinstrumentista David Mansfield, Steven Soles a la guitarra, Rob Stoner al bajo y Howie Wyeth en la batería.

Pero esto no fue todo ya que a este elenco se fue sumando una serie de invitados y colaboradores como Joan Baez, Joni Mitchell, Roberta Flack o Gordon Lightfoot. Algunos como Baez acompañaron a Dylan durante toda la gira; otros, sin embargo, se unían a la caravana de manera más o menos imprevista y podían continuar el periplo junto al resto del grupo.
Secretismo, improvisación y pocos anuncios
Según parece, Bob Dylan pretendía salir de gira sin anuncio previo, así que cuando comenzó a convocar a todos los músicos con el pretexto de audiciones o misteriosos ensayos, ninguno de ellos conocía sus verdaderas intenciones. Estas reuniones previas se convirtieron en sesiones de improvisación que se alargaron durante más bien pocos días. Los suficientes para que todos estuviesen al tanto de su voluntad y, sin mucha más dilación, lanzarse definitivamente a la carretera.
En su planteamiento primario, los conciertos de la Rolling Thunder Revue iban a suceder sin haber sido promocionados con anterioridad. Suponemos que hablarían con las autoridades del lugar con el mínimo tiempo ineludible, se concertarían los permisos necesarios y, de repente, la gente se toparía de bruces con una actuación del mismísimo Bob Dylan en su pequeña localidad natal. Sin embargo, alguien debió de persuadir al músico para que al menos se trazase un itinerario y los espectáculos se anunciasen mínimamente; a través de unos pocos folletos o que se hiciese correr el boca a boca imprescindible como para asegurar un mínimo de asistencia en la platea. Aun así, en todo momento se buscaban públicos reducidos y escenarios modestos.

El enfoque era tan novedoso como sugerente y Dylan se aseguró de que, de alguna manera, su resultado quedase documentado para la posteridad. Un periodista de nombre Larry Sloman persiguió a esta caravana de la bohemia con el pretexto de preparar un magro artículo para Rolling Stone. Al mismo tiempo, Bob Dylan contactó con el actor y escritor Sam Shepard para que no se perdiese ni un segundo de todo este embrollo, por si le pudiese apetecer publicar un libro sobre la experiencia. Lo hizo en 1977. Por último, en su papel de adalid y máximo gurú de la generación beat, el poeta Allen Ginsberg compareció en todo momento como invitado y cronista de honor.
Comienza la Rolling Thunder Revue
Una vez que arrancaron los motores, la Rolling Thunder Revue se extendió durante dos pequeñas giras entre el otoño de 1975 y la primavera de 1976. El primer concierto tuvo lugar el 30 de octubre en el War Memorial Auditorium de Plymouth, Massachusetts. Tal y como estaba planeado, las actuaciones se anunciaban con solo unos días de antelación y tenían lugar en espacios reducidos, frente a públicos no muy abundantes. Al menos así fue al principio.
Aunque la improvisación flotaba siempre en el aire y el listado de canciones podía variar considerablemente de un día para otro, cada uno de los recitales cumplía con unos estándares más o menos regulares. Bob Dylan saltaba al escenario con la cara pintada de blanco y un sombrero de ala ancha decorado con flores. En ocasiones optaba por una máscara de plástico en homenaje, según sus propias palabras, a la commedia dell’arte italiana. Luego tenía lugar un dueto junto a Joan Baez, su eterna compañera sobre y fuera de las tablas. Pero antes o después, la banda también interpretaba unos cuantos temas en solitario. Dylan jugaba al despiste; su presencia nunca era anunciada y este podía cantar desde un rincón oculto del escenario o aparecer de repente para retirarse a continuación, sin previo aviso, durante unos minutos. Los músicos hacían el resto.
Un concierto de la Rolling Thunder Revue podía extenderse durante más de cuatro horas sin que nadie tuviese muy claro que iba a suceder en cada momento. Todo se reducía a un gran número de intérpretes diversos, pertenecientes a diferentes estilos y sensibilidades, trabajando sin ataduras en un proyecto común. El mismo Dylan parece exultante. Aquí deja atrás el clasicismo de su anterior gira junto a The Band y se rinde a lo espontaneo. En ocasiones, incluso conversa o se dirige directamente al público.

En el prólogo del libro de Sam Shepard, Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, T-Bone Burnett explica concisamente lo que sucedía durante este día a día: “nos divertíamos más de lo que permite la ley. Mucho más. Era un autobús repleto de músicos, cantantes y pintores lanzado a toda pastilla a altas horas de la noche, haciendo una película, escribiendo canciones y tocando uno de los rocanroles más incendiarios, intensos e inspirados”.
Esta primera manga de la gira terminó por todo lo alto el 8 de diciembre de 1975 con un concierto en homenaje al boxeador Rubin “Hurricane” Carter en el Madison Square Garden de Nueva York. Después, Dylan y su cohorte ambulante se retiraron en pos de un merecido descanso que no lo fue tanto, pues el músico aprovechó para ultimar y publicar su álbum Desire, uno de sus mayores éxitos comerciales.
La segunda parte de la gira
Tras un concierto aislado en enero de 1976, la Rolling Thunder Revue se reanuda el 18 de abril en Lakeland, Florida. Si durante el otoño de 1975, la troupe había recorrido algún rincón de Canadá y varios lugares del norte de Estados Unidos, ahora el itinerario se centraba en el sur del país y parte de su costa oeste. Del mismo modo que la banda se mantuvo estable, la premisa fue la misma que en la anterior ocasión. Sin embargo, algo había cambiado. La repercusión de Desire fue el detonante para conciertos más populosos que, además, no jugaban la carta de la sorpresa tan bien como en los meses anteriores. Bob Dylan se mostraba claramente malhumorado y este cambio de actitud repercutía en su relación con el público, pero también con los músicos que lo acompañaban. Las actuaciones se volvieron más eléctricas y furiosas, con menos libertad interpretativa que las ofrecidas durante el año anterior.

Pero la banda continuó su periplo brindando a quien tuviese la ocasión de presenciarlo uno de los mejores espectáculos musicales del momento. Conforme las ciudades iban quedando atrás, la hoja de ruta se volvía cada vez más pequeña. Finalmente, la Rolling Thunder Revue emitió su canto del cisne en Salt Lake City, Utah, con un aforo repleto solo hasta la mitad.
Rolling Thunder Revue, la valoración final
En términos estrictamente económicos, toda esta experiencia fue un absoluto fracaso. Por otra parte, a nadie deberían extrañarle los números rojos derivados de mantener a tal cantidad de personal durante meses mediante conciertos en escenarios de mediano tamaño, a precio reducido y con un casi inexistente sentido de la promoción. Pero si todo se redujese al vil metal, la Rolling Thunder Revue nunca habría existido.
No son pocos los que a día de hoy todavía afirman que esta fue la mejor gira de la historia. Aquí no estamos para secundar abiertamente este tipo de valoraciones ya que, para empezar, por aquel entonces el que firma no era ni un soplo de ilusión en la imaginación de sus padres. Sin embargo, el pasado siempre ejerce su capacidad de expresarse a través de crónicas y opiniones de quienes sí lo vivieron; así como de otros documentos como esa mastodóntica caja de catorce discos que recoge horas y horas de registros del momento; o el más reciente documental presentado por Martin Scorsese, un legado sonoro y visual que contiene grabaciones de la gira y entrevistas contemporáneas con algunos de sus protagonistas.
Como colofón, nos quedamos con un extracto del libro de Sam Shepard, probablemente la narración más fidedigna de la Rolling Thunder Revue, descrita ahí como la máxima “entrega comunal de energías espirituales a través de la música. Nada de grandes timos promocionales. Nada de tensas preparaciones para situar el espectáculo por encima de todo”. Como decíamos, para muchos siempre será la mejor gira de todos los tiempos. Y no seré yo quien se atreva a afirmar lo contrario.

Se comenta que la culpa fue de la discográfica y eso provocó la vuelta a Columbia. Saludos y feliz año.