CHARLY GARCÍA Y LA INVENCIÓN DEL BALCONING
En su infinita sabiduría, el Diccionario de la lengua española afirma que hacer balconing es rendirse a la práctica de “saltar a la piscina de un hotel desde el balcón o la terraza de una habitación, generalmente por diversión”. Y pese a que la Real Academia Española adoptase este término en 2023, ya son muchos los años que han transcurrido desde que lo escuchásemos por primera vez allá entre 2008 y 2009. Por aquel entonces, la extraña palabra se asociaba invariablemente al verano y solía evocar la imagen de una cabeza, generalmente británica, abierta como un coco junto al borde de la piscina de un hotel en las islas Baleares. Todo un espectáculo de dignidad involutiva que se repetía con cierta frecuencia entre julio y septiembre. Sin embargo, lo que muchos desconocíamos es que esta costumbre parasuicida se asentaba sobre un antecedente no muy lejano en el tiempo que tuvo como principal protagonista al mismísimo Charly García, adalid sin igual del rock argentino.
Sobre Charly García
El protagonista de esta historia nace en Buenos Aires en 1951 y pasa buena parte de su vida militando en bandas como Sui Géneris, La Máquina de Hacer Pájaros, Billy Bond and The Jets o el supergrupo PorSuiGieco, aunque es en el campo solista donde desarrolla el grueso de su carrera. Como decíamos, su figura resulta imprescindible para entender la música popular en Argentina y, no en vano, es considerado como uno de los padres fundacionales del rock en este país. Se trata, en definitiva, de un creador inteligente y versátil capaz de navegar con soltura entre géneros o estados de ánimo que se desarrollan entre la reivindicación, lo humorístico y lo trascendente.

Pero Charly García tiene mucho más que ofrecer. Su figura también está asociada a la de un avezado polemista que abraza sin rubor el lado más turbio de las prototípicas estrellas del rock. Sus adiciones a determinadas sustancias han convivido históricamente con trastornos esquizoides clínicamente diagnosticados y cambios de humor que lo conducen a comportamientos erráticos e imprevisibles, tanto fuera como dentro del escenario. Durante muchos años de éxito, sus controversias han alcanzado diversos países del cono sur americano y han quedado marcadas en el rostro y memoria de numerosos seguidores, periodistas, compañeros de profesión y directores de hotel. Los grandes genios, ya se sabe.
Érase una vez en Mendoza
La historia que aquí nos ocupa tiene lugar en marzo del año 2000. Nito Mestre, Mercedes Sosa y Charly García había protagonizado una gloriosa noche frente a treinta mil espectadores en el estadio Malvinas Argentinas de la ciudad de Mendoza. Se trataba de un concierto gratuito que se ofrecía como parte del ciclo Argentina en Vivo y tras el que los músicos se dieron un arrebato festivo en un pub de la localidad. Hasta aquí, nada fuera de lo normal. Durante la noche, sin embargo, Charly García protagoniza un altercado con una seguidora que le demandaba un autógrafo. El artista se acogió a su derecho a negar tal privilegio y la cosa concluyó con el intercambio de sillas voladoras, heridas provocadas por vasos rotos, acusaciones de tocamientos indebidos y el ya clásico traslado a comisaría. Como decíamos, nada demasiado fuera de lo habitual.

Al día siguiente, varios factores aparentemente inconexos confluyen en el hotel Aconcagua. En primer lugar tenemos a Alberto Flamarique, por aquel entonces ministro de Trabajo, que había escogido el salón de actos del lugar para ofrecer una rueda de prensa con motivo de la fiesta de la vendimia local. Su presencia atrae a la habitual cohorte de periodistas dispuestos a cubrir el evento de manera más o menos entusiasta y estos, cargados con cámaras y micrófonos, aguardan a la puerta del edificio. Por otro lado ahí también se dan cita varios seguidores de Charly García, todos ellos ávidos de poder robar un trozo de intimidad a su ídolo. El último elemento a tener en cuenta es el propio músico, que en estos momentos se encuentra en una habitación del mismo hotel, inquieto y rebobinando mentalmente los incidentes de la noche pasada.
El gran salto de Charly García
Es 3 de marzo y la hora local ronda el mediodía. De repente, Charly siente un impulso incontrolable y abandona su habitación camino de la azotea del hotel. Una vez ahí se encarama a la diminuta repisa, de apenas treinta centímetros de anchura, y fija su mirada en la piscina que descansa a medio llenar siete plantas por debajo. Viste un bañador rojo, su cara parece mal impregnada con algún tipo de crema solar. En sus manos lleva dos objetos, una especie de cajón para cd hecho de madera y un muñeco hinchable del gato Silvestre, de esos que golpeas y vuelven a quedar erguidos. Arroja el primero al vacío y este estalla en astillas contra el suelo. El gato Silvestre, en cambio, aterriza sin problemas en el agua y ahí se queda, flotando solo como un idiota. Entonces Charly respira hondo, suponemos, y salta hacia la nada. En su viaje a través del éter, el músico aletea y corrige su postura para tratar de mantenerse lo más erguido posible de cara al impacto. Todo finaliza en poco menos de dos segundos.
El salto, aparentemente sin testigos, fue filmado casualmente por el camarógrafo Daniel Raquela. Al igual que el resto de sus compañeros, este se encontraba a la espera de que compareciese el ministro. Sin embargo, aprovechó la presencia de los seguidores de García para acercarse a ellos y grabar unas tomas, ya se vería más tarde para qué. En estas, uno de los presentes advirtió la figura del cantante encaramada a la azotea antes de emitir un gritito de alerta que puso en materia al resto de concurrentes. Cuando la cámara de Raquela giró en la dirección adecuada, el descenso de Charly García quedó registrado por completo, de arriba a abajo.

La piscina del hotel se encontraba en una segunda plata, por lo que desde la calle no pudo verse el final del salto y todo el mundo quedó convencido de que al astro argentino le había dado por suicidarse. Seguidores y periodistas elevaron la voz de alarma y corrieron hacia las puertas de entrada; quienes pudieron atravesar la seguridad del local alcanzaron la pileta para toparse con Charly García chapoteando alegremente tras haber concluido con éxito el primer caso documentado de balconing.
Afortunadamente, ni los servicios fúnebres de Mendoza tuvieron ese día un cliente más de la cuenta ni el personal de limpieza del hotel tuvo que afanarse en rascar trocitos de músico estampado contra las baldosas del patio. Pero el resultado fácilmente podría haber sido ese. En su hazaña, Charly saltó desde un noveno piso hasta una segunda planta, lo que se resume en un total de siete niveles que sumaban cerca de dieciocho metros de altura. Es posible que tuviese suerte pero, según parece, realizó algunos cálculos para tratar de alejarse lo máximo posible de un fatal desenlace. El lanzamiento previo de los dos objetos que llevaba encima pudo servirle para hacerse una idea general del viaje. De alguna manera, también tuvo que tener en cuenta el espacio que separaba el borde de la piscina de la pared del edificio, así como las dimensiones totales de la masa de agua, no fuese a quedarse corto o se pasase de largo. Por último, el área de la piscina en la que Charly García aterrizó contaba con una profundidad de dos metros y cuarenta centímetros, aunque el agua no la cubría por completo ya que la cuba estaba en proceso de llenado.

Charly García sumó ese día una cuenta extra a su collar de excentricidades y así, como un llamativo rasgo más de su carácter, este episodio quedó registrado para los anales. Más adelante se le requirieron explicaciones y, entre otras divagaciones, llego a afirmar que lo hizo para huir de los agentes de policía que lo acorralaban con motivo de los altercados de la noche anterior. Pero realmente en el hotel no había ningún representante de la ley y Charly ya había visitado la comisaría esa misma mañana. Lo más probable es que lo hiciese porque le apeteció, sin más. Porque, tal como explicó él mismo posteriormente, “solo la vi y me atreví. Hay que ir más allá; además, yo no me voy a morir nunca. Mi capricho es ley”. Bonitas palabras.
La paradoja de Thomas Robinson
Dejando al margen la incuestionable proeza y el hecho de que alguien sea capaz de poner en riesgo su vida de manera tan abiertamente estúpida, habría que cuestionarse el modo en el que estos episodios pueden llegar a ser tratados. Nada más verse rodeado por los periodistas, y todavía sin salir de la piscina, Charly pide una Coca-Cola y afirma que “esta es la primera cosa deportiva que realmente estoy disfrutando”. Todo el mundo parece reírle la gracia e incluso se le pregunta “¿dónde dejaste la capa de Superman?”. Charly, sin duda, es un ser que reside en otro plano de la existencia humana. Solo así se explica que las consecuencias de actos como este se traduzcan en loas, chistes blancos y reseñas épicas.
Porque, no nos engañemos, si Thomas Robinson, natural de Birmingham, decide arrojarse desde el balcón de su habitación de hotel en Palma de Mallorca y partirse (o no) la crisma contra el asfalto, todos concluimos al unísono que hay que ser idiota. Que a quién se le ocurre semejante estupidez y que hay que poner todos los medios posibles para evitar la cronificación de este tipo de vergonzosos comportamientos. En cambio, si canjeamos a este anónimo y probablemente ficticio adolescente británico por, digamos, una estrella del rock tendente a lo estrafalario, la cosa puede variar radicalmente. Para muchos ya no se tratará de un comportamiento censurable propio de mentes apretadas, no; será una nueva genialidad digna de solo algunos pocos elegidos. Y este es el problema, que en ocasiones tratamos a nuestros ídolos como si no estuviesen hechos de vísceras, cartílago y hueso.

Los Charly García del mundo son perfectamente libres de saltar de un noveno piso o, si les apetece, de tragarse un puñado de clavos oxidados. No es el hecho lo que trato de cuestionar. Sin embargo, conviene tener en cuenta que se trata de figuras públicas cuyos actos pueden estar sujetos a cierto efecto de fascinación y, en el peor de los casos, imitación. Por supuesto que las adicciones o los comportamientos erráticos, violentos o excéntricos resultan perfectos para apuntalar ciertas leyendas. Quien más quien menos, todos nos hemos dejado llevar al huerto por personajes de actitud rimbombante o incluso vejatoria, pero a los grandes creadores deberíamos valorarlos principalmente por sus obras artísticas. Criticar a nuestros referentes cuando lo merecen es un ejercicio de salud y coherencia que todos deberíamos hacer de vez en cuando, aunque sea para evitar que sus pies se eleven más de la cuenta sobre la línea del suelo.
En resumen, y aquí conviene dejar claro que hace un rato que no hablo expresamente de Charly García, ser un genio en determinada materia no está reñido con ostentar conductas dignas del más cretino de los mortales. Si nos esforzamos un poco, a todos se nos ocurrirán varios ejemplos que ilustren a la perfección esta última frase.

He comentado la historia de Charly García en mi blog. Quizás de los primeros en tocar los sintetizadores en la música en español. Saludos
Charly García fue un visionario y es un músico con un talento incuestionable; eso es así salte o no salte desde donde le venga en gana. Leí el artículo de tu blog y es muy recomendable, como el resto del contenido.