DISCO DEMOLITION NIGHT: DE PÓLVORA, BÉISBOL Y PREJUICIOS
La detonación de discos de vinilo terminó por ser algo más que un acto simbólico durante aquella noche de julio de 1979. Al igual que un trueno precede a la tormenta, una explosión controlada puede anticipar el caos y, en medio del eco de las voces coreando o los trozos de plástico y cartón esparciéndose sobre el campo, algo furibundo terminó por eclosionar en un cuestionable proceso de catarsis colectiva que fue conocido como Disco Demolition Night.
Todo empezó con un locutor sin trabajo
Estamos a finales de 1978 y el locutor de radio Steve Dahl acaba de ser despedido tras liderar durante un tiempo su propio programa, Steve Dahl’s Rude Awakening Show.
Realmente, la historia como dj de nuestro protagonista comienza años atrás, a bordo de pequeñas emisoras undergroud de su Pasadena natal y, posteriormente, en otros lugares de California y Detroit. Steve es un roquero de tomo y lomo, un defensor de las guitarras eléctricas y los grupos surgidos al calor de The Rolling Stones, Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabbath. Sus preferencias musicales se corresponden con las de la mayoría y mientras él está al mando, el dial escupe a todo volumen bandas de diferente calaña, tanto las más comerciales como aquellas que todavía no han traspasado las puertas del garaje.
Y así, tras surfear las ondas por varios puntos del país, Steve Dahl parece encontrar su definitivo remanso de paz y rock & roll entre la plantilla de la emisora WDAI, en Chicago. Sin embargo, tras poco menos de un año en el aire su programa no aporta los resultados que de él se esperaban porque, parece ser, la audiencia del momento demandaba en mayor medida otra clase de ritmos acordes con la moda de ese tiempo. Estamos, recordamos, a finales de 1978 y Steve Dahl’s Rude Awakening Show es cancelado para emitir en su lugar un nuevo programa dedicado por entero a la música disco.

Es la era de la música disco
Este nuevo estilo había eclosionado a finales de la década de los sesenta, especialmente en áreas como Philadelphia o Nueva York y a partir de ciertos patrones del soul mezclados con actitudes contraculturales y reivindicativas que iban más allá de los estándares contestatarios del rock o el movimiento hippie. El sonido del bajo sincopado junto a los compases de cuatro por cuatro y los arreglos orquestales tan característicos del disco habían calado bien hondo entre un público, mayoritariamente negro y latino, que buscaba la evasión mediante el baile, las bolas de discoteca y cierta frivolidad asociada por norma general a los ambientes noctívagos.
Poco a poco, durante la década de los años setenta fueron consolidándose grupos como Abba, Bee Gees, Boney M o Earth, Wind & Fire. El ascenso de la música disco era evidente y, al mismo tiempo, esta comenzaba a ser asimilada por buena parte de un colectivo homosexual que había conquistado una nada despreciable cantidad de derechos y espacios de ocio a raíz de los disturbios de Stonewall, en 1969. Los clubes como Studio 54 proliferaban como champiñones mientras toda la revolución sexual asociada se mostraba imparable noche tras noche. Así, este nuevo género pronto se cargó de consideraciones sociales, pero también de un aroma de trivialidad y elitismo que avivaba los prejuicios de buena parte de la población.

El cénit de este proceso llegó en 1977 cuando la película Fiebre del sábado noche catapultó a la música disco gracias en parte al fenómeno Tony Montana, una varonil figura que hizo que todo este imaginario se volviese permeable para cierto público blanco heterosexual que hasta entonces lo miraba con recelo. Indudablemente, este estilo vivía su mejor momento. Y eso no era plato de gusto para todos los paladares.
Steve Dahl, o el fervor anti disco
Así, mientras el espacio radiofónico de Steve Dahl pasaba a mejor vida, diversas regiones de Estados Unidos eran testigo de acciones más o menos directas contra la música disco. Una pista de baile itinerante fue atacada en Seattle por una manada de furibundos roqueros. En Portland, un reconocido dj redujo a astillas unos cuantos vinilos con ayuda de una motosierra. Se instituyeron clubes anti disco en ciudades como Detroit o Chicago. La vertiente más tradicionalista de la música popular, en definitiva, veía cómo su espacio natural resultaba amenazado y actuaba en consecuencia.
En medio de todo este guirigay, Steve Dahl es contratado por la emisora WLUP y desde ahí comienza su particular campaña de aversión y desprestigio hacia todo lo que se mueva bajo las luces de una enorme bola giratoria forrada con cristalitos reflectantes. Sus acciones comunicativas resultan tan efectivas que en torno a él se fragua una comunidad de fieles seguidores, los autodenominados Insane Coho Lips, todo ellos amontonados bajo el grito de guerra “disco sucks”. Dahl se convierte en una especie de ayatola del sentimiento anti disco que, en su fervor guerrero, llega incluso a componer una canción satírica llamada Do ya think i’m disco, en clara alusión a ese Do ya think i’m sexy de Rod Stewart. Junto a él, como principal lugarteniente, aparece constantemente la figura de otro veterano dj de la WLUP llamado Garry Meier.

La Disco Demolition Night toma forma
Cambiemos ahora de plano para visitar las oficinas de los White Sox, el equipo de béisbol de Chicago. Ahí encontramos a Mike Veeck, responsable de marketing y famoso por acometer llamativas estrategias que, hasta el momento, han resultado siempre satisfactorias. No hace mucho, sin ir más lejos, se organizó incluso una noche de la música disco en Comiskey Park, el estadio de los White Sox. El bueno de Mike se encuentra dándole vueltas a la materia gris en busca de algo innovador, de una acción promocional atrevida y original que todavía no se le haya ocurrido a nadie. Y así, de una manera u otra, Mike Veeck y Steve Dahl cruzan sus caminos para facilitar que este segundo ponga en marcha y dirija la llamada Disco Demolition Night.
La idea era muy sencilla. El día 12 de julio de 1979 se jugaría en Comiskey Park un doble partido entre los White Sox y los Detroit Tigers. El precio de la entrada sería el regular. Sin embargo, todo aquel que acudiese al estadio con un vinilo de música disco y lo depositase en un cajón ubicado en la puerta de acceso principal, pagaría solamente 0,98 dólares. Así, una vez llegado el tiempo de descanso entre ambos partidos, todos los vinilos cedidos por los espectadores se quemarían públicamente en el centro del campo durante lo que prometía ser la acción purificadora definitiva frente al demonio del disco. Steve Dahl en persona sería el conductor y principal ejecutor de todo este proceso.

Cómo tomar un estadio
Y llegó el día señalado con la certeza del éxito asegurado. Dahl había dado la suficiente cobertura radiofónica a la Disco Demolition Night como para que esta no pasase desapercibida a nadie que pudiese estar interesado. Todo ello, por supuesto, con la ayuda de unos Insane Coho Lips que representaron el papel de eficientes cuervos emisarios y de las acciones promocionales propias del departamento de comunicación de los White Sox. Así, cifra arriba cifra abajo, se esperaba la asistencia de unos veinte mil espectadores.
Sin embargo, las previsiones terminaron por desbordarse y fueron más de cincuenta y cinco mil las almas que lograron acceder a Comiskey Park ese 12 de julio de 1979. Las carreteras se vieron atestadas desde horas antes al encuentro. El tráfico era tal que los vehículos apenas eran capaces de avanzar y, al mismo tiempo, las inmediaciones del estadio fueron tomadas por decenas de miles de detractores de la música disco y algún que otro despistado fan de los White Sox o de los Detroit Tigers. Se calcula que unos quince mil interesados se quedaron sin entrada cuando el aforo programado para la Disco Demolition Night fue superado.

Poco después de comenzar el primer partido ya quedó claro que la mayoría de los asistentes no estaban ahí por el juego. La locura se comió al deporte y los gritos de “disco sucks” pronto convivieron con otras consignas un más tanto inapropiadas por su carácter machista, racista u homófobo. Vinilos que no pudieron ser entregados en la entrada comenzaron a volar hacia el campo de juego y, en ocasiones, quedaban incrustados en el césped. Estos se mezclaban con la basura que también era arrojada hacia el mismo lugar. El personal de seguridad de Comiskey Park poco podía hacer entre tratar de controlar los crecientes disturbios del interior e intentar contener a aquellos que trataban de saltar los muros del estadio para unirse a la juerga. Un jugador de los White Sox llamado Steve Trout relató cómo algunos discos impactaban cerca de él poniendo en riesgo su integridad física. “Mierda, podría haber sido asesinado por Village People”, dijo. Otros jugadores optaron por calarse cascos para mitigar el efecto de posibles golpes.
Disco Demolition Night: de pólvora, cráteres y disturbios variados
Y así, a eso de las 20:15 horas, concluyó el primero de los dos encuentros con la victoria de los Detroit Tigers por cuatro tantos a uno. Llegó entonces el momento esperado y toda la euforia destructiva se centró en la máxima figura del día. Steve Dahl, vestido de militar, entró en el campo de juego a bordo de un jeep y acompañado por Garry Meier y Lorelei, una modelo que no solo era conocida por sus sugerentes poses para las campañas publicitarias de la emisora WLUP sino que, además, sus labios aparecían en la portada de The Rocky horror picture show.

El jeep da un par de vueltas al estadio antes de aparcar en el centro del campo. La locura se desata y comienza una nueva lluvia de latas y demás objetos. Steve Dahl saluda mientras un enorme cajón repleto de discos de vinilo queda ubicado sobre el césped. La explosión transforma el ambiente en una zarzuela de pólvora, trozos de plástico y cartón calcinado. Un enorme boquete se materializa donde antes estaba el cajón provocando, de paso, que el campo quede inutilizado para cualquier actividad deportiva. Todo lo bárbaro aflora de golpe y cerca de siete mil espectadores invaden el terreno de juego mientras encienden hogueras, hacen estallar pequeñas cargas y se dejan llevar por sus impulsos más primarios. Algunos simplemente experimentan el placer del caos por el caos; otros, en cambio, pretenden dejar bien claro de esta manera que no les gusta nada la música disco ni todo lo que esta implicaba. El campo queda así en estado de desgracia mientras los jugadores, los árbitros y el personal del estadio asisten impotentes al desarrollo de la disco demilition night. El segundo partido queda suspendido por razones más que obvias.
Todo termina cerca de una hora después cuando la policía antidisturbios accede a Comiskey Park. La noche se salda con treinta y nueve detenidos y un buen número de heridos. Del campo no se salvó ni la jaula del bateador.
¿Qué fue realmente la Disco Demolition Night?
Para muchos, la Disco Demolition Night fue el acontecimiento que sepultó definitivamente a un estilo musical. Sin embargo, y según se lea, también pudo tratarse de un lamentable episodio de propaganda y violencia protagonizado por una enfurecida masa de hombres tradicionalistas. Respecto a la primera afirmación, y si bien es cierto que los últimos años de la década de los setenta marcaron el declive de la música disco, resultaría un tanto presuntuoso afirmar que los disturbios de Comiskey Park fueron los máximos responsables de su agonía. Al igual que Altamont no terminó por sí mismo con el movimiento hippie y el suicidio de Kurt Cobain no fue el único factor en la decadencia del grunge, la Disco Demolition Night debería entenderse como parte del proceso, pero no como el hecho que, de manera individual, terminó con la hegemonía de los sonidos de discoteca.

Es posible que todo el evento se planificase desde una idea meramente reivindicativa, como una forma de mostrar el rechazo colectivo hacia un estilo musical que avanzaba inexorable y conquistaba, día tras día, espacios de interacción que hasta el momento le estaban vetados. Sin embargo, y bajo la óptica del análisis pausado y el tiempo trascurrido, toda la organización se antoja por lo menos torpe ya que, desde el comienzo, estuvo dominada por un aire fuertemente revanchista y por perspectivas marcadamente bélicas. La música disco se definió como una enfermedad que había que erradicar y sus seguidores pronto se convirtieron en enemigos; se desdibujaron hasta reducirse a figuras antagonistas culpables de socavar los principios fundamentales de un estilo de vida.
También habría que tener en cuenta que la propuesta de una quema pública (ya sea de brujas, libros o discos), nunca ha sido el preámbulo de nada amistoso. Y no solo se trata de eso, Steve Dahl no pareció ser capaz de discernir entre sus rencores personales y su papel como comunicador. Al final terminó por convertirse en la cara más visible de la discofobia y alrededor de su figura comenzaron a orbitar toda clase de personajes que, en un gran número de casos, incorporaron a las demandas originales sus temores raciales, sociales y sexuales.

Finalmente, todo lo relacionado con la cruzada anti disco de Dahl derivó hacia temas que excedían lo musical. En este sentido, resulta relevante que muchos asistentes a la Disco Demolition Night no llevasen consigo vinilos de disco sino de música negra, de artistas como Nina Simone, Ray Charles o Duke Ellington.
En su libro Disco demolition, the night disco died, Steve Dahl afirma que “estoy cansado de defenderme como un homófobo racista. El evento no fue anti racista ni anti gay. Estaba defendiendo el estilo de vida rock & roll de Chicago de una invasión musical no deseada. Para los homosexuales, el disco pudo ser parte de una agenda de inclusión. Nuestro rechazo fue solo una acción impulsiva. Queríamos declarar que nuestra música nos importaba, que no íbamos a ir a ningún club que no respetara nuestras raíces”. Y es posible que en esto sea sincero, que sus intenciones primeras no fuesen generar un episodio de caos plagado de actitudes abiertamente ofensivas. Sin embargo, tanto su discurso como su actitud y sus acciones de promoción no hacían más que apuntar en esa dirección.

Pero no consiguió destruir a la música disco, que estaba en todo su apogeo. Me recuerda otro de tus artículos sobre el punk en el que el lema era Pink Floyd sucks. Saludos
Exacto, Federico, no lo consiguió. Generalmente, estos episodios hacen ruido y con el paso del tiempo se convierten en anécdotas más o menos vergonzosas. Lo que pasa es que, como siempre, todo está sujeto a interpretaciones subjetivas y no faltan aquellos que les dan más trascendencia que la necesaria. Es como el caso de Altamont, que dependiendo la fuentes que consultes parece que fue el único encargado de terminar con el movimiento hippie.