PINK FLOYD EN POMPEYA. ECOS, RUINAS Y VOLCANES

PINK FLOYD EN POMPEYA. ECOS, RUINAS Y VOLCANES

Existen diferentes teorías. Algunos sostienen que la mayor parte de los pompeyanos murieron tras un largo proceso de asfixia entre vapores repletos de ponzoña. Otros afirman que fue la exposición repentina a temperaturas superiores a trescientos grados centígrados lo que extinguió en cuestión de minutos el pulso de buena parte de la ciudad. Ambas conjeturas, no obstante, vienen acompañadas de elementos comunes: una tóxica lluvia de cenizas, enormes rocas voladoras, explosiones, caos, mortíferas nubes gaseosas y lava, mucha lava. El caso es que Pompeya quedó irremediablemente sepultada tras la erupción del Vesubio en el año 79 y de ella, durante miles de años, solo se supo a través de las crónicas de quienes sobrevivieron al desastre o contemplaron la tragedia desde la barrera. Y la ciudad permaneció oculta bajo capas de tierra hasta finales del siglo XVI, cuando el arquitecto Domenico Fonatana halló sus restos mientras trabajaba en un canal a partir del río Samo. Aun así, las ruinas descubiertas pasaron desapercibidas durante otra centuria más. Fue el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre quien las puso en valor en 1748, diez años después de haber desenterrado también la vecina ciudad de Herculano. A partir de entonces, Pompeya trascendió su carácter de mito y se convirtió en una realidad palpable que cambio el paradigma arqueológico imperante hasta la fecha. La ciudad se excavó, los restos fueron expuestos a la luz y, poco a poco, dieron forma a uno de los yacimientos más célebres del mundo. Así pasaron los años hasta que, ya a finales del siglo XX, llegó el momento de otro discreto hito histórico: el concierto de Pink Floyd en Pompeya.

Destrucción de Pompeya y Herculano

Pink Floyd en Pompeya. La gestación del proyecto

La idea de este espectáculo no fue del grupo británico sino del director francés Adrian Maben. Este buscaba rodar una película musical al estilo de otras que se habían estrenado recientemente: Monterey pop, Woodstock: tres días de paz y amor o Gimme shelter, por mencionar algunas. Sin embargo, sus intenciones pasaban por dar forma a algo que se saliese de la norma establecida y combinase música con otros valores artísticos de mayor peso en lo sublime. Resumiendo, no quería filmar un concierto tradicional y la idea de una actuación sin público en un lugar cargado de simbolismo y majestuosidad le pareció de lo más sugerente. Debía ser un anti-Woodstock porque, en sus propias palabras, “ya habíamos tenido suficientes grabaciones de conciertos con público y se trataba de que la música y el silencio tuvieran la misma importancia, o incluso más, que un millón de personas”.

Cuando Maben plantea el proyecto a Steve O’Rourke, mánager de Pink Floyd, la química no fluye y todo queda en el aire, en uno de esos “ya veremos” que no auguran nada bueno. Pero como a veces las cosas dan giros hacia direcciones opuestas, el plan fue finalmente aprobado y la maquinaria se puso en marcha con la condición, impuesta por la banda, de que se tratase de una actuación real en vivo, sin play-back ni otros efectos de producción similares. Ahora solo quedaba buscar ese emplazamiento especial y único donde se desarrollara la grabación. La tarea no se planteaba sencilla ya que, suponemos, todos tendrían sus predilecciones. De lugares mágicos está el mundo lleno.

Pink Floyd en Pompeya. Grupo

La solución al problema llegó sin avisar, de vacaciones y fruto de la adversidad. Adrian Maben perdió su pasaporte durante una visita al área de Nápoles y, retrocediendo sobre sus pasos, llegó al yacimiento de Pompeya para ver si este se hallaba acomodado sobre alguna roca del lugar. Una vez ahí, en completo silencio, entre unos restos romanos despojados de visitantes y con el sol de poniente reventando ante sus ojos, el francés fue sometido a un implacable proceso de revelación que se tradujo en la certeza, todavía posibilidad, de un próximo concierto de Pink Floyd en Pompeya.

Dinero, permisos y primeros pasos

Y entonces comenzó la inevitable epopeya de financiación y obtención de los permisos necesarios. Lo del dinero se solucionó más o menos rápido gracias a varias compañías de televisión y radio, así como a algún que otro productor asociado. Faltaba lo más complejo, lograr que las autoridades napolitanas permitiesen que un grupo de británicos hippies melenudos profanasen los suntuosos restos del conjunto arqueológico. Es aquí donde entra al juego la figura de Ugo Carputi, profesor de historia antigua en la Universidad de Nápoles y seguidor de Pink Floyd. Su intercesión fue crucial, ya que las personas encargadas de dar el visto bueno cedieron ante la insistencia de esta figura revestida de autoridad académica y, así, el equipo de rodaje pudo disponer de un permiso especial que les cedía en exclusividad el anfiteatro pompeyano por seis días. Todo ello, por supuesto, supeditado a unas medidas de protección exhaustivas y a unos periodos de trabajo bien delimitados a unas pocas horas de filmación durante cada jornada.

Anfiteatro de Pompeya

De esta manera, a comienzos de octubre de 1971 un convoy de camiones de mudanza cargados con el equipo de la banda partía desde Reino Unido en dirección al sur de Italia mientras los miembros del grupo recurrían a la comodidad de un avión para su desplazamiento. La grabación del concierto de Pink Floyd en Pompeya tuvo lugar entre los días cuatro y siete de octubre, en varias sesiones donde se registraron tres canciones: One of these days, A saurcerful of secrets y Echoes. Parece ser que esta última fue sugerida a Adrian Maben pocas horas antes de enchufar las cámaras. Echoes era la gran obra del grupo, una enorme pieza de más de veinte minutos de duración que suponía el tramo más épico de su último disco, Meddle, un trabajo donde se daba por definido el carácter que Pink Floyd habían logrado asentar tras la salida de Syd Barrett y su suplencia por David Gilmour. Esta decisión de último momento trastocó ligeramente los planes de un Maben que tenía pautado cada plano, cada pequeño detalle de la película. Finalmente no fue nada que no solucionase una buena noche en vela.

Pink Floyd en Pompeya. Nada puede salir mal

El caso es que llega el día cuatro de octubre y todo parece dispuesto. El equipo está instalado, la banda tiene las pilas cargadas y todo el personal ocupa sus posiciones. La música arranca y… ¡paf! Saltan los plomos, por así decirlo, ya que la instalación eléctrica del anfiteatro de Pompeya no contaba con la potencia suficiente como para acometer todo este embrollo. Tras reunir al comité de emergencias, el remedio parece claro: hay que tirar un cable desde el yacimiento hasta algún lugar de la nueva Pompeya que ofrezca la capacidad electrizante necesaria. Así, el primer retraso en la grabación es debido a que varios técnicos se vieron forzados a arrastrar kilómetros de cobre hasta una casa (o una iglesia, depende de la fuente que se consulte) ubicada en el centro de la localidad. Una vez ahí, con el cable conectado, tuvo que apostarse a un vigía encargado de evitar que nadie desenchufase el apaño; que nos conocemos.

Pink Floyd en Pompeya. Grabación

Este proceso, por supuesto, devoró una nada despreciable cantidad de horas durante las cuales nadie se ajustó al guion establecido. A fin de economizar lo máximo posible el tiempo baldío, los cuatro integrantes de Pink Floyd fueron conducidos hasta el cercano cráter de Solfatara para que un cámara pudiese filmarlos mientras caminaban entre activas fumarolas de vapores volcánicos. Este material, junto al que mostraba a los músicos de paseo por la zona de Boscoreale, fue utilizado en el montaje final de la película alternándolo con las imágenes de la banda tocando en directo y con tomas de los restos arqueológicos. Al final parece que todo salió bien. Sin embargo, un último bache esperaba al grupo en su camino de regreso al anfiteatro, un obstáculo en forma de festividad religiosa local con procesión a Nuestra Señora de los Dolores incluida que mantuvo al equipo bien atascado en medio del pueblo sin posibilidad física de llegar a su destino durante no se sabe bien cuánto tiempo.

El arranque de la grabación de la actuación de Pink Floyd en Pompeya amenazaba con rebasar el género documental para acampar en las verdes praderas de la comedia dramática. Sin embargo, a partir de este primer día los problemas más relevantes se redujeron a un calor excesivo que hacía rezumar a todos los presentes y a otras consideraciones técnicas poco relevantes aquí y ahora.

Live at Pompeii fue filmado en cuatro días con un equipo de cuatro cámaras de 35 mm y una mesa de mezclas de ocho pistas. Se obtuvo una cantidad de metraje suficiente para dar forma a la película, aunque varias cintas se perdieron en el proceso y es por eso que en One of these days prácticamente solo se ve a Nick Mason. Sobre estos trozos de película extraviados se especula que fue responsabilidad de varios zagales locales que lograron quebrar el cerco de aislamiento del anfiteatro durante la grabación. Sin embargo, esta teoría nunca fue probada y si alguien conserva estos documentos en algún oscuro desván pompeyano, queda entre su persona y quienes hayan tenido el privilegio de disfrutarlos.

David Gilmour con Pink Floyd en Pompeya

El resultado: Live at Pompeii

Las tres canciones registradas durante la actuación de Pink Floyd en Pompeya cumplen sobradamente con los objetivos que Maben se había planteado antes de comenzar el proyecto. La música expansiva y compleja de la banda encaja como un traje a medida en el ambiente de la ciudad en ruinas y el conjunto produce una sensación absoluta de solemnidad y fascinación. En la cinta se ve al grupo tocando mientras el equipo de filmación hace su trabajo. Las ruinas del anfiteatro acogen con cierta perplejidad a los enormes altavoces, amplificadores, instrumentos, cámaras y mesas de mezclas; sin embargo, todo parece tener sentido. Visto a día de hoy, el montaje final puede sufrir de cierta sensación de anacronismo debido a ciertos planos, digamos, experimentales. Sin embargo, analizado bajo la óptica de su época resulta un documento sumamente interesante más allá de lo musical.

Para completar Live at Pompeii, Maben filmó tres canciones adicionales tocadas en directo en los estudios Bolougne, cerca de París. Estas fueron Careful whith that axe Eugene, Set the controls for the heart of the sun (estas dos, se dice, fueron seleccionadas por ser las favoritas del director) y Madmoiselle Nobs. Esta última es una reinterpretación casi instrumental y con un carácter más blues de Seamus, aquel tema en el que la banda se hizo acompañar por una perra de raza border collie que aullaba al compás de la música. Ahora, el chucho seleccionado fue un borzoi que toma la voz cantante junto a la armónica de David Gilmour y el bajo de Roger Waters.

El estreno oficial de Live at Pompeii tuvo lugar durante el festival de cine de Edimburgo de 1972. El metraje total de la película era de poco más de una hora, por lo que Adrian Maben logró ser invitado a los estudios Abbey Road para capturar parte del proceso de creación del siguiente disco de Pink Floyd, The dark side of the moon. De esta manera, una nueva versión de la cinta con cerca de veinte minutos adicionales fue presentada en sociedad en el teatro Alouette de Montreal el día diez de noviembre de 1973.

Como ya se ha insinuado, la aventura de Pink Floyd en Pompeya dio lugar a una de las películas musicales más impactantes y originales hasta la fecha (la de entonces y la de ahora). La comunión alcanzada entre la experimental propuesta del grupo y los espíritus del lugar quedó plasmada para siempre en esta cinta que logró romper moldes. No en vano, hacía poco menos de dos milenios que el anfiteatro de Pompeya no acogía ningún espectáculo en su arena. Cuarenta y cinco años después, ya con las ruinas declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, David Gilmour regresó al lugar para ofrecer otra actuación en vivo, esta vez ante tres mil espectadores y a 345 € la entrada. Pero esto ya es harina de otro costal.

Pink Floyd en Pompeya. Gong

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