STEALERS WHEEL Y LO QUE PUDO SER

STEALERS WHEEL Y LO QUE PUDO SER

Algún día tendremos que hablar de los one hit wonder, de esos fenómenos musicales que desarrollan toda una carrera de aplausos y laureles a partir de un solo bombazo de gloria, pero hoy no. Su presencia, sin embargo, va a sobrevolar esta narración constantemente, proyectando su figura desde el aire en trazados circulares, como la siniestra sombra de una bandada de alimañas carroñeras ávidas por darse un festín con los jirones de nuestra carne. Pero en esta ocasión van a pasar hambre, porque pese a que Stealers Wheel puede ser considerado por muchos como un grupo de un solo éxito, su corta existencia estuvo plagada de grandes composiciones que no recibieron los elogios merecidos y su carrera, al contrario que la de muchos otros, no se vio marcada por una reiteración viciosa de su mayor y único gran pelotazo.

Stealers Wheel fue un grupo de mecha corta, igual que sucedió con Sex Pistols o Creedence Clearwater Revival; pero, claro, la estela de su fama no es ni medianamente comparable. En este caso todo comienza en Paisley, una pequeña localidad de las Lowlands escocesas integrada en el área metropolitana de Glasgow. Nos encontramos en ese tiempo a caballo entre los últimos coletazos de los años sesenta y las primeras luces de los setenta, una época y un lugar marcados por poca cosa, por una forma de vida que se debatía entre la ruralidad de una tradición reivindicable y la influencia directa de una de las ciudades más grandes del Reino Unido. Ahí, dos compañeros de instituto y universidad deciden combatir la depresión del día a día formando una banda. Sus nombres, Joe Egan y Gerry Rafferty.

Stealers Wheel en el estudio

Un ascenso meteórico

El problema es que el niño nació prácticamente muerto, aunque parecía saludable. Tanto Joe como Gerry cantan y tocan la guitarra. Sus composiciones se llevan a cabo a cuatro manos y, juntos, crean armonías vocales de agradable sonoridad. Todo muy Simon & Garfunkel, muy al gusto de los combos folk del momento aunque ligeramente actualizado en torno a una base más eléctrica. El grupo se completa con tres músicos: Roger Brown, Rab Noakes e Ian Campbell. Sin embargo, a los pocos meses firman con A&M Records y todos ellos son sustituidos por profesionales que la compañía consideraba de mayor solvencia. Así, Stealers Wheel para a estar formado por Joe Egan, Gerry Rafferty, Paul Pilnick, Tony Williams y Rod Coombes.

Pocos grupos tienen la suerte de ser contratados a los pocos meses de ver la luz. Hasta aquí, la cosa promete. Corre el rumor de que A&M busca competir con el mercado estadounidense mediante una banda que pueda ser considerada como el reflejo europeo de Crosby, Stills, Nash & Young y las maquetas enviadas por Egan y Rafferty les dejaron claro que no había mejor opción que ellos. Sea como sea, la discográfica tira la casa por la ventana y se vuelca en la grabación del primer disco de Stealers Wheel. Para ello contacta con Jerry Leiber y Mike Stoller, dos pesos pesados, un par de gigantes de la producción que, además de haber trabajado con Elvis Presley, The Coasters o Drifters, se encontraban tras la creación de clásicos como Jailhouse rock, Hound dog o Stand by me. La apuesta, como se ve, no era baja.

Stealers Wheel, la banda

Primer disco, primeros problemas

Así, en 1972 sale al mercado el disco homónimo de Stealers Wheel, un debut que ya desde el principio apuntó hacia una consagración estelar que, sin embargo, nunca llego a darse de manera definitiva. La verdad es que el álbum funcionó realmente bien y fue incluso uno de esos casos en los que tanto crítica como público aúnan su punto de vista elevando al grupo hacia altares tal vez precipitados. Stealers wheel se coló entre los cincuenta más vendidos en Estados Unidos, pero su single principal llegó a posicionarse como el sexto con mayor éxito de los states y alcanzó el octavo puesto en Reino Unido. Joe Egan y Gerry Rafferty adquirían notoriedad pública y sus nombres comenzaron a escribirse junto a los de otras figuras ya dotadas con los halos de la gloria.

Es difícil determinar una razón clara por la que el grupo no consiguió permanecer cohesionado, pero la dificultad de lidiar con la fama puede tener la culpa de todo. Al poco tiempo de publicar el disco, Rafferty dejaba la banda alegando cierta depresión y choques personales que le impedían acometer su compromiso como colíder de la formación. Su figura fue sustituida por Luther Grosvenor y así, al menos, logró salvarse la gira en la que ya se encontraban involucrados. No obstante, este abatimiento emocional resultó ser pasajero y poco tiempo después el fugado comenzó a negociar su regreso. Volvió, pero los músicos de Stealers Wheel reaccionaron abandonando en bloque y reduciendo el conjunto al formato de un dúo integrado exclusivamente por Joe Egan y Gerry Rafferty.

Stealers Wheel, Egan y Rafferty

La pareja renuncia a buscar reemplazos para los componentes huidos y decide que la opción más sensata pasa por recurrir a mercenarios profesionales, tanto para las sesiones de estudio como para sus actuaciones en directo. Sin embargo, no consiguen ponerse de acuerdo en torno a quiénes contratar y el tema se convierte en una constante disputa entre un Joe Egan y un Gerry Rafferty que, además, se ven envueltos en riñas por aspectos creativos, por cuestiones de ego y por toda clase de motivos profesionales y personales que suelen estar aderezados con galones de cerveza y whisky escocés. Los cimientos comienzan a tambalearse seriamente.

Últimos coletazos. El fin de Stealers Wheel

Y en medio de todo este maremágnum sale al mercado Ferguslie Park, un segundo disco que toma su nombre de un suburbio de Paisley y que, pese a llevar en la mochila una buena colección de canciones, no consigue alcanzar ni la sombra del éxito de su predecesor. La tensión sigue en aumento y ambos músicos parecen estar más centrados en atacarse mutuamente que en reflotar su proyecto musical. Los productores, Jerry Leiber y Mike Stoller, deciden que ya han visto suficiente y se apean en marcha. Su lugar es cubierto por Mentor Williams, un hombre que es incapaz de sacar provecho a las sobras de un grupo que muere irremediablemente poco tiempo antes de que su tercer y último disco, Right or wrong, vea la luz en 1975.

Tras la disolución llegaron las correspondientes disputas legales por el nombre de la banda y, a continuación, ambos músicos decidieron probar suerte en solitario. Joe Egan publicó un par de álbumes que pasaron sin pena ni gloria por los estantes de las tiendas antes de decidir que lo suyo era vivir de rentas. Por su parte, la caminata de Gerry Rafferty sí que tuvo repercusión gracias a canciones como Right down the line, Get it right next time o, especialmente, Baker Street, un tema de melodía globalmente identificable que llegó al número uno en Estados Unidos. Aun así, a partir de comienzos de los ochenta su figura comenzó a desvanecerse lentamente entre los rincones más apartados la memoria colectiva. 

Visto en perspectiva, da la sensación de que Stealers Wheel no supieron disfrutar del éxito; de que su corta, abrupta y tortuosa existencia no les dio para otra cosa que no fuese partirse la cara, al menos metafóricamente hablando. Su momento pasó como un suspiro y les pilló en guardia, con los puños en alto y dispuestos a defender su posición individual por encima de la identidad del grupo. La fama se los merendó de un solo mordisco. Al menos, nos quedan las canciones.

Y un último episodio a modo de epílogo.

El baile del señor Rubio

El programa de radio favorito del señor Rubio es “K-Billy y el supersonido de los setenta”. Lo escucha siempre que puede, incluso ahora, mientras se dispone a torturar al policía que tiene atado a una silla. Para ello cuenta con una navaja de barbero, una lata de gasolina y un Zippo. Suficiente. Se encuentra en un almacén a las afueras de la ciudad y no tiene prisa. Así que sintoniza la emisora y mientras suenan los primeros compases comienza a bailotear torpemente alrededor del futuro sacrificado. “Well I don’t know why I came here tonight, I’ve got a feeling that something ain’t right, I’m so scared in case I fall from my chair, and I’m wondering how I’ll get down the stairs”. La música acompaña y suceden varias cosas: se pierde una oreja, la sangre chorrea con gusto, vuela la gasolina, alguien muere.

Reservoir dogs

Por si acaso alguien no ha estado atento a la historia del cine desde el año 1992, conviene aclarar que todo esto corresponde a una escena de la película Reservoir dogs, dirigida y escrita por Quentin Tarantino y cuya banda sonora contenía canciones como este Stuck in the middle with you, el primer y máximo éxito global de Stealers Wheel. A fecha de hoy, es sobradamente conocida la capacidad de este director para resucitar viejas glorias, ya sean actorales o de cualquier otro tipo. En este caso, la inclusión de este tema durante la icónica escena de la tortura supuso un revulsivo inesperado para la historia del grupo capitaneado por Joe Egan y Gerry Rafferty. Muchos de mi generación los descubrimos gracias a este momento y a partir de entonces se publicaron varios recopilatorios y reediciones que nos permitieron profundizar en la memorabilia de una banda que estaba condenada al olvido.

Stealers Wheel más allá de su único gran éxito

Claro, Stuck in the middle with you es el ariete de Stealers Wheel, la canción con la que se derriban los muros que se interponen entre ellos y sus potenciales oyentes. Sin embargo, su lacónica discografía está plagada de muchas otras muestras de grandeza compositiva. Benediction, Star, Steamboat row, Who cares, Late again o Right or wrong pueden ser algunos buenos ejemplos de estas canciones que nunca es tarde para reivindicar, aunque enseguida vuelvan a caer en el olvido. Porque este, parece ser, es el destino de este grupo que pudo ser y nunca llego a resultar.

Coda: ¿recordáis a Paul Pilnick, Tony Williams y Rod Combes; esos músicos que grabaron el primer disco y huyeron despavoridos pocos meses después? Pues en 2008 decidieron reflotar la banda, sin Joe Egan ni Gerry Rafferty, para dar una serie de conciertos y grabar un nuevo disco si las circunstancias así lo requerían. Por supuesto, todo este episodio terminó por desvelarse como el absoluto sinsentido que estaba destinado a ser. Fin.

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