BURGOS 1975: LA INVASIÓN DE LA COCHAMBRE
Los primeros melenudos no tardaron en llegar, entonces la ciudad comenzó a teñirse de unas tonalidades difíciles de asimilar para muchos de sus habitantes. Poco a poco, las riberas del Arlanzón y sus zonas verdes colindantes quedaron salpicadas por toda clase de seres pintorescos; elementos de una muy concreta calaña que acampaban al aire libre, trasegaban vino en bota y compartían cigarrillos especialmente aromáticos. No es que fuesen jipis, pues en la España de aquella época este movimiento no era especialmente boyante. Eran simplemente jóvenes desarraigados, vagos, delincuentes y drogadictos; o al menos eso parecían a los ojos de la mayoritariamente tradicionalista y rectilínea sociedad burgalesa de la época. Pero, ¿qué había llevado a esta salvaje manada a ocupar una ciudad como Burgos? Pues nada más ni nada menos que la promesa de quince horas de música pop o, en otras palabras, aquello que pronto comenzó a ser conocido como el festival o la invasión de la cochambre.
Una breve lección de historia
Añadamos un poco de contexto para comprender mejor el fondo del asunto. La España de 1975 no era, a priori, el mejor escenario para organizar un sarao de esta envergadura. Si bien la veda de los macro eventos de música moderna ya se había abierto en 1971 con la celebración en Granollers del I Festival Internacional de Música Progresiva, estos no eran algo que rondase por la imaginación de muchos programadores culturales. Es cierto que la llegada de Solís Ruiz, Fraga y otros ministros aperturistas había aclarado un tanto los humos de la dictadura; del mismo modo, el llamado milagro económico contribuyó a un crecimiento social que, además, permitió la entrada de turistas e ideas llegadas desde más allá de nuestras fronteras. Sin embargo, mientras el franquismo dejaba ver los rotos de su ropa interior, los sectores más intransigentes del régimen se empecinaban en reforzar las barreras del mismo. Y así, todavía a mediados de la década de los setenta, el generalísimo continuaba firmando sentencias de muerte al mismo tiempo que la censura, la represión y la policía secreta campaban a sus anchas. España, en definitiva, no estaba para mucho rocanrol.

Pero Franco ya se mostraba visiblemente débil y su posible sucesión era un tema de dominio público. La dictadura cojeaba a ojos vista de una oposición cada vez más evidente y radicalizada. El terrorismo de ETA y el FRAP no cesaba y, en el seno del gobierno, los reformistas tenían cada vez más poder tras el asesinato del presidente Carrero Blanco. Era más que evidente que la dictadura estaba próxima a experimentar transformaciones serias, si antes no se desvanecía definitivamente.
¡Son las fiestas de Burgos!
Así, con la historia ya centrada en su entorno ambiental, podemos poner cara a su primer protagonista. Se trata de José Luis Fernández de Córdoba un promotor de espectáculos cuyos servicios fueron contratados por el ayuntamiento de Burgos para organizar parte de las fiestas mayores de San Pedro y San Pablo en 1975. La ocasión, a grandes rasgos, tampoco permitía demasiadas variaciones de la regla habitual; verbenas tradicionales, actos religiosos, ferias y espectáculos taurinos. Lo que tocaba por aquel entonces. Sin embargo, Fernández de Córdoba se alió con personal de la revista Popular 1 para sugerir un elemento discordante en medio de toda esta carcunda programación: un festival de rock. En lugar de seguir su cauce más previsible y terminar en el cubo de la basura, la propuesta cayó en gracia al concejal de festejos en turno, Antonio García Martín, quién terminó por aprobarla y derivar hacia las manos de José Luis Fernández de Córdoba una subvención por valor de dos millones y medio de pesetas.
Este evento recibió el nombre de Primeras 15 Horas de Música Pop Ciudad de Burgos; un apelativo tal vez destinado a despreocupar a los vigilantes de la moral, pues ahí hubo de todo excepto pop. Rock progresivo, psicodelia, hard o folk fueron en general los estilos predominantes en un cartel compuesto por grandes bandas del momento y otros conjuntos más bien desconocidos; diecisiete grupos en total. La propuesta era demasiado golosa para buena parte de la juventud de la época, tanto que podría incluso parecer una trampa ideada por propio régimen y destinada a cazar descarriados.

Dado que el evento ya formaba parte de la programación festiva oficial, la promoción del mismo se centró especialmente más allá de las fronteras de Burgos y fue materializada a través de radios y prensa especializada. La promesa de poder asistir a un festival de tal magnitud en pleno franquismo sedujo rápidamente a miles de jóvenes que pusieron rumbo hacia la ciudad. Estos llegaron caminando, en autobús, en transporte público o en sus coches particulares. Sea como sea, generando un pequeño pero no discreto movimiento migratorio que a muchos recordó las imágenes vistas durante el festival de Woodstock. Evidentemente, lo de las Primeras 15 Horas de Música Pop Ciudad de Burgos distó mucho de lo sucedido en la granja de Max Yasgur en 1969, pero muchos de los asistentes debieron sentirse protagonistas de un acontecimiento similar, tanto a nivel cultural como político y social.
La invasión de la cochambre llama a su puerta
Así, la noble ciudad de Burgos despertó un 5 de julio de 1975 con un ambiente que raramente se había visto antes en una urbe española de la época. Los habitantes más conservadores, la gran mayoría, oteaban con desconfianza a los exóticos visitantes al mismo tiempo que la policía secreta y los grises rondaban las calles bajo la orden de no intervenir a la ligera, de comportarse de manera un tanto más permisiva que de costumbre. Cualquier espectador pasivo tal vez llegaría a describir el ambiente como tenso. No obstante, la realidad describió una jornada exenta de broncas, palos o actos delictivos.
Sin embargo, no todo fue así. Javier Zuloaga López era por aquel entonces el director de La Voz de Castilla (el “diario del Movimiento de Burgos”), un periódico inevitablemente alineado con el franquismo que destacó entre sus páginas la celebración del festival como parte de su diaria labor comunicativa. Así, cuando los primeros ejemplares alcanzaron los quioscos, todo el mundo pudo ver una portada encabezada por el título “La invasión de la cochambre” y el subtítulo “A Burgos le ha cambiado la cara; ahora tiene legañas”. Con este tratamiento de la actualidad, Zuloaga pretendía informar sobre la inevitabilidad del evento, pero también buscaba dejar bien claro que las gentes de bien no estaban de acuerdo ni con él ni con la clase de público que este había atraído hasta las riberas del Arlanza.

Fue entonces cuando algunos de los asistentes comenzaron a considerar saltarse lo de la imperante actitud pacífica para arrojarse, aunque cautelosamente, a los brazos de la camorra. Así, durante toda la mañana del 5 de julio fueron varias las piras que se encendieron a base de ejemplares de La Voz de Castilla y algunos los conatos de protesta airada que finalmente quedaron en agua de borrajas. La realidad es que aquellos jóvenes habían alcanzado Burgos para divertirse, para escuchar música y para vivir algo inaudito en el contexto cultural del momento. Que un medio local les insultase o aludiese abiertamente a su presunta falta de higiene era, por lo menos, algo digno de dejar pasar de largo. Por supuesto, la constante presencia de las fuerzas represoras del régimen rondando los aledaños de la plaza de toros tampoco animaba a tomar la vía de la acción directa.
Pero más allá de desvanecerse entre lo irrelevantemente habitual, este episodio terminó por resultar trascendental para el recuerdo de la jornada. En contra de todo pronóstico, el adjetivo que se había lanzado contra los roqueros terminó por convertirse en una especie de seña identitaria que aún perdura en nuestros días. Así, y con el tiempo, la cochambre se institucionalizó y las Primeras 15 Horas de Música Pop Ciudad de Burgos terminaron por ser cariñosamente renombradas bajo su signo. Ya con el franquismo bien sepultado, el propio Javier Zuloaga tildó de irresponsabilidad su decisión de redactar ese famoso titular que, explicó, solo había tomado dicha forma con la premisa de poder vender más ejemplares de su periódico.
Sea como sea, la invasión de la cochambre alcanzó Burgos y pudo acceder sin problemas al coso de El Plantío para asistir a sus anheladas quince horas de música.
¿Qué pasó con el festival?
El festival fue un desastre, no lo negaremos. Pero tampoco vamos a anticiparnos al proceso natural de la narración, porque lo que realmente importa es que a las doce del mediodía dieron comienzo los conciertos programados. El cartel estaba formado por diecisiete bandas de diverso pelaje. Ahí se daban cita algunos nombres que resultarían habituales en el imaginario colectivo de las siguientes décadas: Burning, Hilario Camacho, Triana o Bloque. Junto a estos actuaron otros como Eva Rock o Companyia Elèctrica Dharma que nunca llegarían a alcanzar el éxito de los anteriores pese a su incuestionable calidad. También pasaron por el escenario Alcatraz, Tartessos, The Falcons, Tilburi, Iceberg, Gualberto, Storm, Granada, Eduardo Bort, Orquesta Mirasol y John Campbell, un bluesman estadounidense que residía en esta España tardofranquista por alguna extraña razón que solo a él concerniría.

Lejos de poder calcular con exactitud el aforo de la plaza, es objetivo afirmar que el evento no fue capaz de colgar el cartel de completo. La afluencia esperada resultó notablemente inferior a la recibida pero, aun así, fueron en torno a cuatro mil los espectadores que se agolparon entre la grada y el ruedo. El periodista musical Diego Manrique sometió estos datos al siguiente escrutinio: “el rock español todavía no tiene poder de convocatoria”. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la realidad política, social y económica del momento no se mostraba muy favorable a estas inusuales diásporas de fin de semana. No todo el mundo estaría dispuesto o contaría con los medios suficientes como para lanzarse a la carretera, aunque fuese con lo puesto, en pos de este Woodstock made in Spain.
A fin de cuentas, hablamos de un evento cuyo montaje y puesta en marcha implicaba un notable riesgo. José Luis Fernández de Córdoba, el organizador, lo definía de esta manera poniendo el acento en el papel del propio consistorio anfitrión: “El Ayuntamiento de Burgos es el único que le ha echado valor a nivel de afrontar una responsabilidad tan gorda como es llenar de melenudos la ciudad, y como dicen algunos, gente de mal vivir, cosa con la que no estoy de acuerdo porque el hábito no hace al monje”.
Lo que significó la invasión de la cochambre
Pero regresemos a la plaza de toros. Se dice que la invasión de la cochambre fue un fracaso. El precio de la entrada era de doscientas pesetas en el tendido y cuatrocientas en el ruedo. Sin embargo, se calcula que una elevada e incalculable proporción de asistentes entraron gratis; ya fuese eludiendo los controles de seguridad o como invitados de las propias bandas. A nivel económico las cifras se tiñeron de rojo, pero además hacía un calor de mil demonios y el sonido fue pésimo. En la España de 1975 nadie estaba habituado a sonorizar acontecimientos de tal magnitud, por lo que la música se perdía por los rincones del éter y el libre albedrío. Hilario Camacho, por ejemplo, abandonó el escenario enfurecido, aunque finalmente regresó y dio la cara para terminar su actuación.

Pero la realidad es que todo esto puede resultar circunstancial frente a lo realmente importante: la invasión de la cochambre llegó, sucedió y superó la prueba. La jornada se saldó sin conflictos significativos de ninguna clase, ni dentro ni fuera de la plaza. Las fuerzas del orden, omnipresentes en su labor disuasoria, regresaron a casa sin sudar; asimismo, ningún letrado tuvo que repasar los artículos de esa tan aclamada Ley de Vagos y Maleantes. Como mucho, y más allá de las quemas de periódicos a las que ya hemos aludido, podríamos señalar que un músico simuló una felación sobre el escenario y que, según los medios, una muchacha de Zaragoza tuvo que ser atendida por los sanitarios.
Quizás la invasión de la cochambre concluyó con un suspenso en el apartado técnico. Incluso es posible que más de uno perdiese dinero tras esta extraña y deficitaria aventura musical. Sin embargo, las Primeras 15 Horas de Música Pop Ciudad de Burgos han pasado a la historia como un discreto y singular hito dentro de la historia contemporánea de nuestro país. Parte de su valor reside en el hecho de ser uno de los primeros festivales de rock celebrados en España. Pero más allá de eso, conviene resaltar lo significativo de su existencia; la enorme relevancia simbólica que conlleva organizar una convocatoria de este calibre en un entorno sometido al peso de una dictadura de signo claramente protofascista, aunque esta se encontrase en medio de su fase más desarrollista.

Solo con su mero nacimiento, este festival fue capaz de testimoniar la agonía del régimen. Por supuesto que no puede establecerse una relación directa entre un acontecimiento y el otro, aunque el primero nunca habría podido darse sin existir signos del segundo. Con un Franco cada vez más achacoso al timón de un gobierno totalitario que comenzaba a encallar entre signos de agotamiento y aperturismo, este simple evento evidenció por unas horas la voluntad rupturista de una grandísima parte de la población. El sistema se derrumbaba piedra a piedra mientras los anhelos de cambio, manifestados o no de forma pacífica, se volvían cotidianos.
Vientos de cambio
Tal vez no sea casualidad que tan solo tres semanas después se celebrase en Canet de Mar la primera edición de Canet Rock. En esta ocasión fueron cerca de veinticinco mil las personas que acudieron hasta la localidad catalana atraídos por un cartel con fuertes tintes transgresores y que, para mayor énfasis, incluía a varios artistas que se expresaban exclusivamente en catalán. Si la invasión de la cochambre dejó al descubierto algunas de las flaquezas del franquismo, Canet Rock fue, en el mismo plano no determinante pero trascendental, otra prueba más de que algo estaba sucediendo a nivel social y político en esa España que ya acumulaba varias décadas de cerrazón y actividad represiva.

La dictadura, en definitiva, solo aguantó el pulso unos pocos meses más. Tras la muerte de Franco todo comenzó a transformarse, y si bien (tal como sucedería en la Unión Soviética con aquel Monsters of Rock de 1991) estos acontecimientos pasaron con discreción entre las verdaderas causas políticas del cambio, conviene recordarlos por ser unos claros reflejos de la realidad social del momento.

En mi blog he comentado algunas de las bandas que actuaron en el festival, sobre todo las más afines al rock progresivo. Desde luego, el festival fue todo un hito en la historia del rock español. En Madrid hubo un intento de algo parecido pero fue prohibido. Saludos
Hola, Federico. La verdad es que en el cartel había auténticas joyas del primer rock español. Lástima que por aquellos entonces no fuese sencillo organizar eventos de este tipo. Gracias por el comentario.
hombre,la Companya Eléctrica Dharma triunfó a lo grande o muy grande durante unos cuantos años ( aun siguen en activo), e Iceberg ni te cuento
Hola. Por supuesto, no me refería a que no hubiesen triunfado. Companya Eléctrica Dharma no ha dejado de actuar y editar discos desde entonces (incluso desde antes), pero su nivel de relevancia para con el público general no ha sido el mismo que el de otros grupos como Triana o Burning, por ejemplo. Por supuesto que esto no significa nada en cuanto a su calidad; simplemente es que no han sido tan de dominio popular como otros. Iceberg fueron buenísimos, esto es incuestionable, pero desaparecieron poco después del festival y, lamentablemente, no fueron muy recordados por las siguientes generaciones, al menos fuera de los circuitos del progresivo y similares. Pero vamos, en ambos casos dos grupazos. Yo, por ejemplo, prefiero Iceberg a Triana o Burning 😊. Muchas gracias por comentar.