LOS GASTOS DE GESTIÓN. O CÓMO HACER QUE TU ENTRADA SEA MUCHO MÁS CARA

LOS GASTOS DE GESTIÓN. O CÓMO HACER QUE TU ENTRADA SEA MUCHO MÁS CARA

Lo cierto es que siempre han estado ahí, agazapados, viviendo entre penumbras y aguardando la oportunidad de saltar hacia la yugular de la billetera más próxima. Son insaciables. Y puedes dar los rodeos que quieras, perderte entre los maizales u ocultar tu rastro sumergiéndote en densos lodazales, pero estás en su territorio. Son inevitables. Quienes recordamos tiempos mejores podemos afirmar que antes eran prácticamente inocuos, como el efecto de un pequeño mosquito que pica y se marcha. Sin embargo, desde hace un tiempo se han vuelto mucho más voraces. Si lo ven apropiado, su mordida te arrancará algún órgano. Pero no uno vital, pues les interesa que vuelvas a por más, hasta que te acostumbres y los des tanto por sentado que ni siquiera cuestiones sus golpes, aunque parezca difícil. Y es que, en el fondo, son tan necesarios como en ocasiones abusivos o desproporcionados. Hablamos de los gastos de gestión.

¿Pero qué son los gastos de gestión?

A grandes rasgos, un gasto de gestión es un recargo que se añade al precio base de la entrada con el objetivo de cubrir determinados costes asociados a su venta y distribución; cosas como el mantenimiento de la web de venta de localidades o el salario de sus trabajadores, por citar dos ejemplos básicos. El concepto es muy sencillo y se reduce a la necesidad de asumir los costes operativos de las tiqueteras, así como a obtener un rendimiento económico en base al trabajo realizado. Realmente es algo a lo que nos enfrentamos con la más monótona regularidad; es el equivalente, poco más o menos, a esa diferencia de precio que podría encontrarse si en lugar de comprar un kilo de mandarinas en la frutería, lo adquiriésemos directamente del distribuidor.

Gastos de gestión. Entradas

En el proceso de venta de entradas actúan varios agentes entre los que encontramos a  promotores y vendedores. El promotor organiza el evento y establece el precio base de la entrada mientras que la empresa que se dedica a la distribución de las localidades ha de partir de ese coste base para tratar de obtener un rendimiento económico por su actividad. Se trata de un mecanismo lógico y sencillo; nadie, por altruista que sea, renunciaría a ganar dinero por su trabajo. Así, los gastos de gestión son esa cantidad añadida que pasa a engordar las arcas de quien distribuye las entradas; ya se llame Entradium, TicketMaster o Eventbrite. Este montante se destinará, como ya hemos apuntado, a cubrir aspectos básicos de mantenimiento, salarios y, por qué no, a la obtención de beneficios corporativos.

Un elemento necesario

Así, la cuestión conceptual quedaría resuelta. Los gastos de gestión existen porque las empresas dedicadas a la venta de entradas también necesitan obtener ingresos económicos. Y es por esto que resulta llamativo que un concepto tan aparentemente cristalino e inequívoco se presente siempre rodeado por una densa nube de desconocimiento y malas interpretaciones.

Quien más quien menos, todos hemos esgrimido o escuchado ese manido argumento que cuestiona la necesidad de los gastos de gestión desde la premisa de que somos nosotros, como compradores, quienes llevamos a cabo la faena de adquirir la entrada a través de un portal web. Sin embargo, siempre que compro un kilo de mandarinas a José Luis, mi frutero de confianza, soy bien consciente de que el precio que pago es superior al que él consigue del proveedor, por mucho que su tienda sea de autoservicio. Aquí entra en juego un margen comercial que es, a grandes rasgos, el que impide que José Luis se sumerja más de la cuenta en la pobreza. Y este margen sería equiparable a los gastos de gestión del mismo modo que mi amigo tendero podría hacerse pasar por Entradium.

De alguna forma hay que subsistir y, así, es sencillo asumir que la figura de los gastos de gestión resulte imprescindible para asegurar la pervivencia de las empresas de venta de entradas. Aunque, claro, allá donde corre el dinero, termina por campar la inmoralidad.

Festival

Bienvenidos al lado oscuro

De un tiempo a esta parte, el negocio de los grandes espectáculos en vivo se ha vuelto más voraz al mismo tiempo que quedaba vinculado a ese agobiante concepto del fear of missing out. Y pocos consumidores de música en directo habrán pasado por alto que tanto los conciertos de estadio como muchos de los inevitables festivales de verano han terminado por caer en la gestión de fondos de inversión y estructuras empresariales inicuas o de corte monopolístico. Este modelo cada vez más tendente a lo ultracompetitivo emite diversas salpicaduras que, para bien o para mal, terminan por impactar inevitablemente sobre los parroquianos habituales. Una de esas manchas está bien relacionada con el tema que nos ocupa.

Como mencionábamos hace tan solo un par de párrafos, los gastos de gestión son comprensibles desde la óptica de que suponen el modo de obtener ingresos para aquellas empresas que dedican su actividad a la venta de entradas. El problema es que las prácticas abusivas relacionadas con su establecimiento ya se han convertido en algo más que cotidiano; en algo perfectamente integrado dentro del engranaje que permite hacer girar la parte más indecente del negocio musical.

Muchos de los que cargamos décadas de conciertos en las alforjas recordamos haber aguantado tremendas filas humanas para conseguir plaza en el foso de cualquier gran evento en vivo. Igualmente habremos comprado tickets en bares o tiendas de discos, hasta que llegó la omnipresencia de internet. En todos los casos, los gastos de gestión siempre rondaban la escena encareciendo un poquito el precio de nuestros anhelos de música en vivo. Pero eran aceptables e, igual que ahora, inevitables.

Gastos de gestión. Entradas

Un ejemplo real, un porcentaje excesivo

En este preciso instante tengo en mis manos la entrada de un evento de estadio del año 2002 en la que los gastos de gestión suponían poco más del 4 % del precio base (3 € sobre un total de 65 €). Con el paso de los años he asistido a ese mismo concierto con regularidad casi anual; guardo los tickets en una cajita y al revisarlos puedo comprobar que ese porcentaje se mantuvo inmutable durante unos pocos años para luego ir aumentando discretamente hasta establecerse, sin solución de continuidad, en un sorprendente 10 % a partir de 2016.

Las empresas gozan de absoluta libertad a la hora de establecer los gastos de gestión (es el mercado, amigo) y ya resulta casi anecdótico, si no fantástico, encontrar plataformas que trabajen con cifras inferiores a ese 10 % o que no se lancen a propuestas superiores que pueden alcanzar hasta un 15 %. Así, poco a poco vamos asumiendo que las entradas de nuestros conciertos han de encarecerse inevitablemente en esos fatídicos porcentajes que, si bien no supone una ilegalidad, sí que incurre en prácticas que al menos deberían considerarse como abusivas. A todo ello hay que sumar el astronómico aumento de precio base que han experimentado algunos espectáculos y festivales durante los últimos años.

Gastos de gestión. Precios

Gastos de gestión, monopolios y agravios comparativos

Antes de continuar, y por resumir brevemente lo expuesto hasta el momento, podemos afirmar que el coste total de una entrada se divide entre su precio base y los gastos de gestión aplicados sobre él. Con la primera de estas dos variables se cubren aspectos como el caché del artista, el coste de la gira, el pago del recinto, la seguridad o la nómina de los promotores. La segunda parte de la película, está destinada a la subsistencia de los intermediarios responsables de vender y distribuir las entradas.

La aparición de estos gastos debería estar lógica y directamente supeditada a la existencia de ese intermediario, de esa figura que hace llegar los tickets al espectador. ¿Pero qué pasaría si el promotor es al mismo tiempo el responsable de la venta de entradas? Si quien organiza el evento es también el encargado de distribuir las localidades, ¿serían entonces necesarios los gastos de gestión? La lógica dicta que no o que, al menos, no en la misma proporción. Sin embargo, la realidad se alinea en el sentido contrario para exponer otra práctica habitual que tal vez tiene su máxima expresión en la dupla Live Nation – Ticketmaster, extremidades ambas ellas de Live Nation Entertainment y protagonistas directos de varios de los mayores dramas asociados en los últimos tiempos a las prácticas monopolísticas y poco éticas en cuanto a la gestión de eventos de refiere (por supuesto, adjudicar en exclusividad la villanía a estas dos organizaciones sería demasiado pueril por mi parte. En definitiva, todos podemos añadir nombres propios a este listado de lo infame).

Concierto

Los gastos de gestión cubren esencialmente los mismos aspectos en todas las transacciones y casi nada justificaría que los asociados a un macro espectáculo de estadio fuesen porcentualmente superiores a los de un pequeño concierto de sala. Iron Maiden, pongamos, no tendría por qué cobrar un porcentaje mayor de gastos que ese grupo que actúa en una sala frente a doscientos espectadores. Llegados a este punto, la pregunta más pertinente debería ser: entonces, ¿por qué algunas empresas de venta de entradas establecen un tanto por ciento tan desproporcionado frente a otras? Lejos de querer sentar cátedra, la respuesta podría ser tan sencilla como que se trata, en el fondo, de una mera cuestión de ética corporativa. Algunos justos todavía deambulan por de este valle de sombras.

Hay que hacer algo con los gastos de gestión

En España, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha denunciado en repetidas ocasiones las costumbres improcedentes asociadas al establecimiento de gastos de gestión en toda clase de conciertos y eventos similares. Así, y de acuerdo a sus pesquisas, la mayor parte de las empresas analizadas no acoplan su actividad a lo establecido en la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios. En muchos casos, además, estos gastos se aplican sobre servicios opcionales como las notificaciones personalizadas o de la posibilidad de enviar las entradas a domicilio, aspectos que deberían plantearse siempre como un coste adicional optativo, nunca preceptivo.

Tal vez como fruto de la insistencia de esta organización, en 2024 se puso en marcha una campaña especial de vigilancia orquestada por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Esta se extendió durante seis meses mediante diversas operaciones de control al mercado de los espectáculos en vivo y, en especial, a las prácticas asociadas a los gastos de gestión. A grandes rasgos se buscaba que la aplicación de estos cumpliese unos mínimos de legalidad y decoro. Cosas como que se detallasen pormenorizadamente los aspectos que cubrían, que supusiesen siempre un porcentaje fijo sobre el precio de la entrada y que este no variase en función del tipo de localidad adquirida, que los gastos de gestión de las entradas físicas no fuesen diferentes a los de los tickets virtuales o que, por ejemplo, no se aplicasen sobre acciones como la posible impresión de la entrada, cuyo coste debe recaer exclusivamente en el consumidor.

Gastos de gestión

El último capítulo de este drama se estrenó en mayo de 2025, cuando la Dirección General de Consumo obligó a que los gastos de gestión, siempre desglosados, se incluyesen en el precio final de la entrada para así evitar sorpresas de última hora. Si bien necesaria y adecuadamente recibida, esta medida actúa principalmente sobre la transparencia y deja de lado otros aspectos como el porcentaje cada vez mayor que estos gastos suponen sobre el precio base de algunas entradas. Pero, como ya hemos mencionado, el establecimiento de su coste final ha de estar fijado por la propia empresa distribuidora y aquí entran en juego otros factores más diáfanos como la ética o empatía.

Conclusión: otra pieza más

Y así, llegado el punto de la reflexión final, podemos concluir que los gastos de gestión no son más que una cuchilla más de esa trituradora de carne en la que se ha ido transformando la industria musical durante los últimos años. Los desmesurados precios de los vinilos, el coste de algunas entradas, la sobresaturación de eventos-a-los-que-no-puedes-dejar-de-ir, la codicia de las plataformas de streaming, los requisitos que algunas salas imponen a los grupos que tocan en ellas y las condiciones de desamparo que, en general, vive el circuito de música en vivo podrían ser otros engranajes de esta misma maquinaria que, en definitiva, solo perjudica a los que amamos la música y a muchos de quienes se dedican o persiguen dedicarse a ella.

Imagen de entradas de conciertos de Rhys A.

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