¿SE PUEDE VIVIR DE LAS PLATAFORMAS DE STREAMING? SOBRE PAGOS Y REGALÍAS

¿SE PUEDE VIVIR DE LAS PLATAFORMAS DE STREAMING? SOBRE PAGOS Y REGALÍAS

Las cintas de ciento veinte eran sin duda las mejores. En ellas podías grabar hasta dos discos diferentes; con suerte incluso te sobraba espacio para meter algo de relleno. Costaban un poco más de dinero, claro, pero en general valía la pena apostar por ese formato de mayor minutaje frente a las de noventa o sesenta, que tampoco estaban mal. Entonces no hablábamos de piratería, le llamábamos “grabar un disco”, pero en esencia se trataba de consumo más o menos gratuito y al margen del mercado regular. La principal diferencia era que alguien tenía que comprar la música para poder registrarla más tarde en una de estas casetes vírgenes. Se vendían discos. Pero un día alguien descubrió que podía comprimir las canciones en un modelo digital fácil de compartir, y a ese formato se le llamó MP3. El avance de la informática en el hogar dio un nuevo impulso a la piratería mediante los programas de compartición de archivos; hablamos de Napster, eMule o Ares, por ejemplo. Con el tiempo, el público se lanzó a escuchar a sus grupos favoritos en pequeños reproductores de bolsillo. Ya no se vendían tantos discos. El siguiente paso fueron las plataformas de streaming. Y entonces, todo el modelo cambió.

Los problemas de un nuevo paradigma

A día de hoy resulta más sencillo que nunca grabar y distribuir música. Si reducimos la ecuación a su mínima expresión, cualquiera que disponga de una buena conexión a internet y sea capaz de manejar ciertos programas tiene la posibilidad de crear, promocionar y difundir sus propias composiciones. Se calcula que solo en 2023, diez millones de personas subieron al menos una canción a Spotify. El negocio es más abierto que nunca y, al mismo tiempo, se rige por unas normas cada vez más herméticas en las que el soporte físico ocupa un lugar secundario o incluso terciario frente a las plataformas de streaming. Todo ello pese al más que evidente repunte en la venta de vinilos y cd.

Plataformas de streaming

Sobre esto he podido charlar con Tori Sparks, una veterana artista estadounidense de nacimiento y española de adopción que explica así el inicio de este nuevo paradigma. “El modelo empezó con Napster y las demás plataformas para piratear música a final de los años noventa. Por un lado fue inteligente ver esa demanda y aprovecharla para crear un servicio legal que ofrecía casi lo mismo e incluso más. Pero por otro lado, el modelo de negocio (las fórmulas y algoritmos que usan para decidir cuánto pagar a los y las artistas cuya música forma parte de la plataforma) representa una falta de ética criminal. No entiendo cómo es legal”. Con esto último, Tori se refiere al mecanismo de pagos que estas plataformas tienen establecido; los famosos sistemas de regalías.

¿Cómo funcionan los pagos de las plataformas de streaming?

Para comprender bien el funcionamiento de todo este entramado hay que tener en cuenta varios aspectos como los diferentes agentes que juegan en él o los modelos de prorratas empleados por Spotify, Apple Music y el resto de plataformas. En primer lugar, todo el dinero destinado a los pagos a artistas, compañías o dueños de derechos de autor viene establecido desde un fondo constituido a partir de los ingresos que la plataforma consigue mediante la publicidad, las cuentas premium y sus diferentes vías gananciales. De esta manera, el hecho de que un usuario escuche a determinado músico no significa que esté sufragando necesariamente sus pagos ya que estos, en el caso de producirse, salen directamente de ese fondo común que prioriza las canciones que acumulen un mayor número de reproducciones.

A partir de aquí intervienen diferentes personajes como los compositores, las editoras que gestionan los derechos de autor o las discográficas que emplean a los intérpretes. En ocasiones una persona puede aglutinar en sí misma a varios de estos agentes, es el ejemplo de muchos músicos independientes. Sin embargo, en el resto de casos el pastel se divide entre todos y se reparte en función de los acuerdos que haya establecidos entre ellos (entre músicos y discográficas, por ejemplo) y con la plataforma. De esta manera, las comisiones por ingresos provenientes de plataformas de streaming ya se han convertido en un punto clave para cualquier negociación entre músicos y grandes compañías discográficas.

Plataformas de streaming

Paola Dippel es una figura realmente activa en la música chilena actual. No solo lidera su propio proyecto musical, Von Dippel, sino que forma parte de la productora Lengua Verde y de la plataforma de difusión independiente La Hora del Terrock. Como artista y profesional también se ve afectada por las políticas de pagos de estas plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “se han transformado en un elemento esencial a la hora de compartir nuestra música con personas de todo el mundo”.  Sin embargo, continúa, “en cuanto a las ganancias por reproducción, puedo decir que son casi inexistentes; no se logra recuperar siquiera la inversión que hacemos para grabar las canciones (viéndolo desde mi vereda, la de un artista pequeño). Antes existía Napster, donde podías descargar música gratis y tanto los artistas como las compañías discográficas veían mermadas las ventas de discos. Hoy es casi igual, pero entrecomillas legal, donde algunos regularon sus ganancias y otros seguimos haciéndolo casi por amor al arte”.

Los motivos de una industria descontenta

El mecanismo de pagos mediante royalties que emplean estas empresas no parece convencer en líneas globales a la comunidad de artistas y profesionales que participan en él. Las críticas, en general, se centran en un sistema que resulta opaco en sus liquidaciones y en el que los ingresos no parecen corresponderse con el número de reproducciones, al menos desde el punto de vista de la lógica. “Que alguien me explique cómo puedo alcanzar mil millones de reproducciones y no ganar un millón de dólares”, sentenció el rapero Snoop Dog al respecto hace ya un tiempo.

Más o menos, todos sabemos que la relación entre reproducciones e ingresos es notablemente baja y puede situarse alrededor de los 0,003 € por escucha, aunque no todas las empresas pagan lo mismo y este valor está sujeto a variaciones. Sin embargo, hay que tener en cuenta otros factores. Porque no todas las reproducciones valen lo mismo y la cotización de las mismas aumentará o menguará en función de variables como si la cuenta desde la que se escucha es premium o no, los anuncios que aparecen antes o después de la canción escuchada, el país desde el que se esté usando la plataforma o la cantidad de suscriptores que tenga el artista elegido.

Streaming

Visto el panorama, cada vez puede notarse un mayor descontento entre determinados sectores del negocio musical con respecto a estas plataformas. Un veterano profesional de la industria que prefiere mantenerse en el anonimato nos comenta su punto de vista. “Para mí – dice -, las plataformas son una herramienta para investigar y poco más. Abogo por el formato físico y pienso, en líneas generales, que la posibilidad de consumir música gratuita perjudica y perjudicará a la industria. De hecho, ya hay bandas que lanzan nuevos trabajos y no cuelgan el disco completo, emplazan a la compra del formato”.

En la actualidad, los zaragozanos The Kleejoss Band son uno de los grupos que mejor representa en España la esencia del rock más puro. Nuestra llamada les ha pillado en plena celebración de su décimo aniversario. Aun así, han logrado encontrar un hueco para darnos su opinión.

“Las plataformas de música en streaming – dicen – facilitan mucho el consumo de música que ya conoces. No resulta tan fácil encontrar algo nuevo y de calidad. Me recuerdan un poco a esas tiendas en rebajas con toda la ropa revuelta en las que tienes que rebuscar un buen rato para encontrar algo o fiarte de lo que te saque el dependiente. Por otra parte, banalizan un poco la experiencia de escuchar música. Saltas de canción en canción en menos de cinco segundos y das pocas oportunidades. A menudo, no prestas la atención debida y ves una portada en miniatura. El ritual de escuchar un disco se pierde en un uso de consumo rápido e inmediato que a veces desvirtúa el trabajo que ponemos detrás. Como músicos la rentabilidad es residual, hacerse hueco para destacar en ese océano suele ser bajo pago y no se acerca ni de lejos a vender discos o tickets. ¿Estamos en contra? En absoluto, tienen su utilidad. Sin embargo lo vemos como algo complementario para algunas situaciones y no supera la sensación de abrir un disco por primera vez, mirar su artwork y escucharlo en un buen reproductor mientras lees lo que hay ahí dentro”. 

Este modelo, en definitiva, termina por premiar y favorecer a unos pocos artistas que acumulan la mayor cantidad de reproducciones. Los datos son significativos y hablan de una muy mínima cantidad de músicos que, en conjunto, atesora el 90 % de las escuchas. El resto quedan relegados al reparto desigual de las migajas y a asimilar la maldición de ser ignorados por los algoritmos y las listas de reproducción más populares.

Escuchando música

Pero, claro, ganarse el pan con la música nunca ha sido fácil y siempre ha habido superestrellas que repetían postre en todas las comidas. Esto lo tenía muy claro Daniel EK, CEO de Spotify, cuando hizo una acertada metáfora deportiva afirmando que mientras cientos de millones de personas se denominan futbolistas, solo 128 694 reciben un sueldo por ello. Lo cual, concluía, solo demuestra lo extendida que está la aspiración por participar en actividades creativas o deportivas y ganarse la vida con ellas. El problema, según este razonamiento, no sería tanto que el sistema de regalías resulta injusto como que todo el mundo quiera ser músico y cobrar por ello. Sin embargo, lo que no se tiene aquí en cuenta es la gigantesca cantidad de profesionales de la música que tienen cada vez más difícil vivir de su trabajo gracias, en parte, a la predominancia de las plataformas de streaming.

La Rubia Producciones es un sello discográfico independiente y hábilmente pilotado por Nuria Castañer, licenciada en Derecho que un buen día decidió reorientar su vida profesional hacia lo que era su auténtica pasión: la música. Su opinión sobre las plataformas de streaming es el reflejo de las sensaciones que podrían sentir muchos grupos del panorama actual. “Para los oídos inquietos en continua búsqueda de nuevas propuestas musicales – dice -, las plataformas de streaming suponen una fuente inagotable de tesoros por descubrir. Sin embargo, para los artistas han derivado en un nuevo frente de opacidad e incertidumbre a la hora de difundir su obra. Empezando en la elección entre la miríada de plataformas de distribución digital ahora existentes y sus miles de servicios adicionales, pasando por la importancia del pitch previo que deben de hacer de sus temas para que los metan en las sobrevaloradas playlists y terminando por la propia recaudación de sus derechos de autoría (y nos quejábamos de SGAE), entiendo el vértigo añadido que pueden sentir cuando deciden mostrar al mundo sus nuevos temas. Como sello discográfico, me sigo perdiendo en la inmensidad y oscuridad de la vida digital de las canciones. Y a río revuelto… ¿quién gana? Los malos, siempre”.

De algoritmos, respuestas y posibles soluciones

Frente a este panorama siempre habrá quienes traten de dar la vuelta a la situación, ya sea mediante creativas estrategias de carácter picaresco o empleando a su favor bots y algoritmos fraudulentos que aumenten el número de reproducciones de determinados artistas. Como parece ser que estas prácticas no constituyen ninguna novedad, Spotify decidió ponerles freno mediante la adopción de medidas que no han terminado por resultar de agrado para una mayoría de clientes que piensan que estas, más bien, están dirigidas a reducir todavía más los pagos a artistas medianos o pequeños.

En resumen, desde principios de 2024 la plataforma no paga regalías por aquellas pistas que tengan menos de mil reproducciones en los doce meses anteriores a cada liquidación. Se calcula que esto podría afectar a cerca del 80 % de un catálogo compuesto por más de ciento cincuenta y ocho millones de pistas; un catálogo que, por otra parte, aumenta en número año tras año. Resultaría ingenuo pensar que ese 80 % estimado esté exclusivamente compuesto por temas de músicos aficionados que solo buscan juguetear con la guitarra en una habitación de casa de sus padres.

Móvil en bolsillo

El problema de las regalías por parte de las plataformas de streaming ha generado toda una serie de discursos que plantean alternativas más equitativas. Una de las más extendidas aboga por prescindir de ese fondo común, de ese sistema de prorratas, y distribuir los pagos en función del tiempo real de escucha de cada usuario. De esta manera, la suscripción de un oyente podría destinarse a sufragar los pagos asociados a las pistas que este ha consumido. Los más grandes seguirían ganando más, pero tal vez las migas sobrantes serían así más grandes y estarían mejor repartidas. Los principales frenos a esta opción vienen de su supuesta complejidad y de la dificultad de medir con exactitud todos estos tiempos de escucha, dicen.

Otro posible escenario sería una realidad en la que los pagos a los diferentes agentes viniesen establecidos en una negociación previa entre cada plataforma y las discográficas, artistas o propietarios de derechos de autor. Se trata de una variable que complicaría mucho las negociaciones, pero también generaría una mayor flexibilidad en las mismas.

¿Hay control público sobre las plataformas de streaming?

Sin embargo, el establecer vías de pago alternativas no parece ser una prioridad ahora mismo y, al mismo tiempo, mucha gente echa en falta una actuación más firme a nivel gubernamental. En este sentido, Tori Sparks lo tiene claro: “No toda la responsabilidad es de estos empresarios sin principios (ni del público que prefiere no pagar o pagar poco en lugar de comprar discos); yo diría que la culpa está compartida con los gobiernos que no han sabido, o no se han interesado, en entender esta industria y poner unos controles lógicos sobre estas plataformas. Primero con los piratas como Napster (había legislación, pero poca eficacia) y luego cuando empezaron las plataformas como Spotify. En general, creo que todos estaban y están pensando en el corto plazo; no se daban cuenta (o no querían darse cuenta) del hecho de que sus acciones y decisiones tendrían repercusiones que afectarían al futuro de la industria de manera muy negativa. Aunque prefiero pensar que no se les ocurrió, vamos, porque la alternativa es que sí lo pensaron pero les dio totalmente igual”.

“Si los gobiernos de EEUU y de países europeos lo hacen para controlar otras industrias – continúa Tori -, cómo es posible que después de un cuarto de un siglo todavía no existan leyes que exijan un trato decente a los profesionales que son la base de esa industria. Porque no les interesa, y punto. Y a las discográficas grandes tampoco, ya que ahora son parcialmente propietarias de estas plataformas y tienen mucha más influencia con los gobiernos que el propio concepto de un patrimonio cultural (la música) y los derechos de la personas que generan este patrimonio. Es triste, pero es así. Y han destrozado la industria”.

Plataformas de streaming

Lo cierto es que sí que se han realizado algunas regulaciones a nivel político; aunque estas han sido, en todos los casos, insuficientes. Una de las más llamativas fue la conocida como Phonorecords III, una resolución emitida por el comité de derechos de autor estadounidense que obligó a que las plataformas de streaming aumentasen sus tasas a compositores y editores. El problema de esta medida fue su propio carácter temporal, ya que solamente estuvo vigente entre 2018 y 2022. Sin embargo, el periodo comprendido entre 2023 y 2027 quedaría sujeto a una siguiente resolución, la Phonorecords IV.

En el resto del mundo, sin embargo, la intervención pública sobre el sistema de regalías aplicado por estas empresas no ha pasado de algunos discretos debates y solicitudes más o menos formales.

Las plataformas de streaming, en resumen, son algo a lo que no se puede dar la espalda. Le pese a quien le pese, están aquí y desde hace años son una parte fundamental de la industria musical. Tanto que han sido la piedra angular de un nuevo paradigma que resulta beneficioso tanto para muchos oyentes como para una parte muy concreta de todo este entramado empresarial formado por artistas, discográficas o editoras. Sin embargo, el lado perverso de las mismas recae sobre los de siempre y, mientras millones de usuarios se benefician de sus enormes catálogos prácticamente gratuitos, infinidad de profesionales sufren las carencias derivadas de sus sistemas de regalías.

Como consumidores debemos ser conscientes de esto para, al menos, tratar de poner nuestro granito de arena. Para tratar de apoyar en la medida de los posible a los músicos y trabajadores de la industria musical que todavía necesitan vender discos, entradas o merchandishing. Ante la inacción de los poderes públicos, los pequeños gestos individuales pueden dar forma a un todo que sí importa. Y todo esto, además, es viable sin renunciar a la cuenta premium de Spotify.   


Imágenes con copyright de Julien Sabardu, Focal Foto y, otra vez, Focal Foto.

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2 comentarios en «¿SE PUEDE VIVIR DE LAS PLATAFORMAS DE STREAMING? SOBRE PAGOS Y REGALÍAS»

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