EXCUSAS PARA UNA CANCIÓN DE AMOR
Se estima que entre un sesenta y un setenta por ciento de las canciones escritas durante las últimas décadas contienen referencias al amor en alguna de sus múltiples formas. Es simplemente un dato que he leído por ahí, no me pidáis fuentes para verificarlo. Pero si nos detenemos a pensarlo no resulta extraño, ya que este es sin duda uno de los sentimientos más universales, probablemente en directa competencia con el odio. El caso es que todo el mundo en algún momento ha abrazado arrebatos de cariño por alguien o por algo. Quien diga que no, miente. En este sentido, la música es un habilísimo transmisor de emociones con la potencia necesaria para despertar risas y lágrimas, para conmover a los oyentes que permiten sincronizar sus latidos con determinadas melodías. Porque hay que tener en cuenta que una canción de amor es capaz de manifestarse bajo un enorme crisol de formas. Puede ser una balada italiana de los años setenta, un éxito pop actual o un tema de thrash metal, pero siempre habrá una que te toque especialmente la patata.
Mi crecimiento como oyente independiente de la influencia de mis mayores tuvo lugar durante la década de los noventa del siglo pasado. Por aquel entonces ya sabía perfectamente qué era una canción de amor. En mi entorno se escuchaba música con cierta regularidad y, de alguna manera u otra, uno siempre estaba expuesto a este noble sentimiento a través de toda clase de trovas y soniquetes populares. Luego llegaron los años duros; las melenas cardadas, los solos de guitarra y, por supuesto, esa máxima expresión de la cursilería sentimentaloide que eran las muchas veces sobrevaloradas baladas heavys. Pero ahí estaba el amor una vez más, abriéndose paso a través de gorgoritos, rimas fáciles y mucha metáfora sonrojante que habitualmente rallaba lo chabacano. Esto, claro, lo opino ahora desde la perspectiva del tiempo transcurrido.

Canciones de amor, como decíamos, hay en todas partes. Y ni se puede ni es necesario evitarlas. Pero igual que uno aprende a filtrar la música por su contenido y a alejarse afectivamente de los mensajes propios de determinados géneros (todo ese discurso testosterónico y excesivo del hard rock, por ejemplo), también es capaz de cribar el contenido o las formas que quiere encontrar en una buena copla amorosa.
Empezaré con una confesión personal que probablemente responda a una profunda tara en mi sistema límbico: suelo huir de las baladas con nombre de mujer. Hay algo en ellas que me produce cierto rechazo por defecto. No puedo evitar percibirlas como ñoñas, condescendientes y un poco forzadas. Me ponen en guardia y no sé muy bien por qué. Luego resulta que las hay magníficas, por supuesto. Tom Waits es en mi opinión el autor de una perfecta composición de amor, tanto por su corteza narrativa como por su música, y esta se llama Martha. En cambio, no puedo con la Sandy de Bruce Springsteen, y eso que ni siquiera se llama exactamente así. Es irracional, lo sé. Seguramente todo se debe a que nadie, jamás, me ha dedicado una de estas canciones.
Buenas narraciones para una canción de amor
El amor como herramienta para contar historias dispone de un gran fondo de armario. Lo más sencillo y habitual es recurrir al romanticismo o a los sentimientos idealizados. Yo te quiero, tú me deseas, eres la luz de mi vida, junto a ti todo sabe a miel… ese tipo de cosas. Sin embargo, esto también puede hacerse desde diferentes perspectivas que salpimienten la partitura en pos de un resultado no tan costumbrista. En este sentido, las anécdotas reales siempre resultan agradecidas al oyente, más si tienen un algo sensacionalista como ocurre en Chelsea Hotel # 2, donde Leonard Cohen describe un encuentro enamoradizo-sexual con una mujer que más tarde pasó a ser identificada como Janis Joplin. Salseo en estado puro para completar una singular canción.
El punto de vista y la ambientación resultan siempre importantes, son algo que puede hacer destacar una buena pieza sobre otras más convencionales. Je t’aime – moi non plus es todavía un referente en cuanto al amor afectivo-sexual se refiere y no solo por lo que dice, sino principalmente por cómo lo cuenta.
De obsesos, manipuladores, celosos y criminales
Pero si hay un tipo de amor que resulta especialmente atractivo en la ficción compositiva, este es el enfermizo; el que se desarrolla a través de comportamientos retorcidos o deriva inevitablemente en las salpicaduras propias de los crímenes pasionales. Tal vez uno de los ejemplos más recurrentes sea ese Every breath you take donde Sting pone voz a una persona con serios problemas de control emocional. Esta canción, sin embargo, es habitualmente recibida como una tonada de amor idealizado en lugar de por lo que realmente es: una bella descripción sobre el comportamiento obsesivo de alguien no correspondido en el plano de lo sentimental. Por supuesto, este no es el único caso de canciones que reflejan el amor de manera tan cruda y peligrosa.
Otro ejemplo universal sobre la negación de lo racional en torno a lo amoroso surgió por primera vez de la alcoholizada garganta de Screamin’ Jay Hawkins. I’ll put a pell on you ha sido interpretada por toda clase de artistas, desde Creedence Clearwater Revival hasta Nina Simone, Annie Lennox o Marilyn Manson demostrando que, en esto de ser maquiavélico, la narrativa del amor dañino puede tomar la forma de cualquiera, independientemente de su género, estilo o línea temporal.
En ocasiones, una canción de amor puede complicarse hasta teñir sus estrofas con el denso fluido de nuestras venas. Los finales trágicos son todo un clásico de la ficción en torno al querer y, bajo esta perspectiva, la narrativa de la música no podía quedar al margen. Aquí, el arquetipo de las murder ballads sería de lo más representativo aunque, si bien no todas las canciones que se ajustan a esta tipología tratan sobre relaciones afectivas, estas últimas sí que estarían vinculadas a un gran número de composiciones sobre crímenes y asesinatos. Tom Jones continúa apuñalando a Delilah desde 1968; y cuando Nick Cave llevó a Kylie Minogue a ver las rosas que crecían dulces y libres en la vereda del río, ella no podía imaginar que su cráneo estaba destinado a recibir el beso de una roca.
Todo esto es pura ficción y nadie debería alarmarse ni enarbolar consignas a su alrededor. Sin embargo, las barreras que sostienen un relato inocente pueden derrumbarse con facilidad cuando las referencias compositivas son tan reales que resulta complicado ignorarlas. En Kim, Eminen vierte un torrente incontrolado de odio hacia una mujer que ya no ama antes de asesinarla y esconder el cadáver en el maletero de su coche. La historia continúa siendo ficticia, pero las alusiones a Kim Marshall, exmujer del rapero en la vida real, son tan cristalinas como alarmantes pese a lo fabuloso del conjunto.
Personajes marginales para una canción de amor
En fin, dejemos la casquería a un lado y retomemos la senda del amor. Aunque no sea de ese tan anodino, tan blanco y propio de la programación de sobremesa. En ocasiones, para que una historia de este tipo funcione ha de estar protagonizada por elementos marginales, o al menos fuera de lo cotidiano. Aquí, siempre resulta efectivo el recurso de la literatura gótica y todos esos sentimientos románticos asociados a ella de manera tan turbia, sobrenatural y pura al mismo tiempo. Personajes limítrofes pero carismáticos que pueden servir de fuente de inspiración para canciones tan envolventes como ese Love song for a vampire que coló Annie Lennox en la banda sonora del Drácula de Francis Ford Coppola.
Pero si vamos a hablar de antihéroes inadaptados no podemos evitar viajar hacia aquella Nochevieja en Nueva York, concretamente hasta una celda para borrachos donde un interno rememora sus andanzas junto a la mujer que más ha querido. Desde su publicación en 1987, Fairytale of New York se ha convertido no solo en el epítome de canción de amor entre detritos humanos sino que, además, es considerada como uno de los mejores villancicos pop modernos. Aquí todo se mueve entre compases alegremente contagiosos mientras los protagonistas se desean y se odian con locura dedicándose toda clase de galanterías; desde gusano y vagabundo a vieja puta drogadicta. Toda una delicia sobre los sueños rotos interpretada a dúo por Shane MacGowan y Kirsty MacColl que ha trascendido y trascenderá el paso de las décadas.
Sobre risas y giros de guion
Porque la narración, como ya hemos visto, resulta indispensable. Gracias a ella, hasta el drama romántico más demoledor puede convertirse en una comedia. En Paradise by the dashboard light, una pareja ya consolidada revisita su gran noche de adolescencia en un coche al borde del lago. Fue entonces cuando ella autorizó que él llegase más lejos a cambio de una promesa de amor eterno. Ahora, años después, ambos no se soportan y rezan conjuntamente para que llegue el fin de los días como único medio que les permita romper sus sagrados votos. El tema, que podría navegar fácilmente por las farragosas aguas de la tragedia, se transforma en una amena comedia romántica gracias a su estructura en cuatro partes y las interpretaciones teatrales de Meat Loaf y Ellen Foley.
Está claro que una canción de amor convenientemente novelada puede sorprendernos e incluso arrancarnos una sonrisa con algún giro inesperado. Es el caso de Escape, de Rupert Holmes, donde el protagonista busca una alternativa a su anodino matrimonio en un anuncio por palabras del periódico solo para descubrir que el objeto de sus adúlteros deseos es al mismo tiempo su propia esposa. Y qué decir de la famosa Lola de The Kinks, tal vez el primer travesti del rock, un personaje que no solo contribuyó a visibilizar a este denostado colectivo en una fecha tan temprana sino que, además, hizo que la identidad sexual del actor principal se tambalease tras pasar una noche en ese bar donde el champán sabía a Coca-Cola o a Cherry Cola, según la versión.
El amor más allá de lo convencional
Hasta ahora hemos sido tan reduccionistas que solamente se ha contemplado el amor desde nuestra perspectiva más elemental, entre seres humanos. Sin embargo, el mismo afecto que uno siente por alguien de carne y hueso puede trasladarse hacia objetos, alimentos o circunscripciones electorales. Esto último tal vez resulte extraño, pero nadie que escuche a Ray Charles cantar a la ciudad de Georgia podrá negar que este lo hace desde el enfoque de una emotiva canción de amor. Himnos nacionales aparte, las grandes urbes, los países y mares, algunas cordilleras montañosas y, en general, toda clase de lugares han sido desde hace siglos objeto de la fascinación más emocional. Quien más quien menos, todos tenemos en mente a algún músico que dedique palabras afectuosas a su localidad natal o al hogar de sus antepasados.
Por último, más allá que los nobles sentimientos hacia estos parajes y emplazamientos, las canciones de amor también pueden fijar su mira en simples objetos. Porque ¿quién ha dicho que no se pueda sentir algo por un ente inanimado? Roger Taylor lo tenía muy claro cuando escribió I’m in love with my car. Este tipo de composiciones son menos habituales, pero si se pone empeño no es difícil hallar ejemplos creados desde ópticas más o menos cariñosas hacia elementos como instrumentos musicales o viejas casas familiares.
Como digo aquel, todas las historias terminan por hablar de amor de alguna u otra manera. Y la música, en este sentido, no podía quedar al margen.
Imagen de actuación en directo realizada por Mike Barry.

Hay algunas que han convertido en canciones de amor pero no nacieron como tales. Por ejemplo he comentado hace poco Dust in the wind de Kansas que escribió Kerry Livgren. Se le ocurrió la melodía mientras entrenaba el punteo en la guitarra acústica. La melancólica letra es una meditación sobre la mortalidad y la inevitabilidad de la muerte. Pero se convirtió en un tema que solían poner para bailar lentas. En Birmania se convirtió en un himno a la libertad. Mago de Oz la versionó en español con el título de Pensando en tí. Saludos
Hola, Federico.
No será ese el primer caso de canción que cambia de significado porque el público ignora o malinterpreta la letra.
Gracias por el comentario.